
Pausar no es rendirse
Por Lizet Rodríguez, colaboradora del Centro de Atención Psicológica UDEM
Vivimos en una cultura que celebra el movimiento constante: hacer más, lograr más, producir más. En el camino, muchos entendemos que nuestro valor depende de cuánto hacemos, de qué tan exitosos somos o de qué tan lejos hemos llegado y, de esta manera, detenernos puede sentirse incómodo, incluso peligroso. Como si pausar fuera sinónimo de flojera, fracaso o quedarse atrás.
Desde la psicología y la experiencia clínica, vemos algo distinto: gran parte del estrés, la ansiedad, la irritabilidad y la desesperanza que hoy atraviesan a estudiantes y trabajadores no provienen únicamente de las exigencias externas, sino de vivir con un sistema nervioso atrapado en modo supervivencia.
Cuando nuestro sistema nervioso percibe que parar no es seguro, el cuerpo actúa como si un león nos persiguiera todo el tiempo. No importa si el león no es real: pensamientos como “ya deberías ser más exitosa”, “tendrías que estar ganando más”, “no estás haciendo suficiente”, “deberías tener mejores calificaciones” o “tu cuerpo debería verse diferente” activan las mismas respuestas internas que una amenaza física. El corazón se acelera, la respiración se vuelve superficial, la mente se va al futuro, al “qué sigue”, al “no es suficiente”.
Esto no significa que sea malo planear, producir o aspirar al éxito. El problema no es el qué, sino el desde dónde. ¿Desde la conexión o desde la exigencia? ¿Desde un cuerpo que se siente seguro o desde uno que vive en alerta constante?
Cuando hacemos las cosas desde el drene, forzamos la máquina. Avanzamos con un cuerpo cansado, una mente saturada y un sistema nervioso que no alcanza a recuperarse. A corto plazo puede parecer funcional, pero a largo plazo cobra factura: agotamiento, desconexión, irritabilidad, ansiedad crónica o una sensación profunda de vacío.

Autores como Stephen Porges y Deb Dana, desde la teoría polivagal, nos recuerdan algo esencial: la base para vivir, aprender, trabajar y vincularnos no es la productividad, sino la seguridad. Un sistema nervioso regulado nos permite estar presentes, pensar con claridad, sentir placer, conectar con otros y tomar decisiones más conscientes. No se trata de hacer menos por obligación, sino de vivir desde un estado interno que no esté en constante amenaza.
Descansar, parar y conectar no son lujos ni premios que se ganan después de “haber hecho suficiente”. Son necesidades biológicas. El cuerpo se recarga de fuerza vital en las pausas, en el descanso, en el gozo, en la presencia y en la conexión. No para sacar más de nosotros, sino para que la vida se sienta más habitable, más segura y más nuestra.
Vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿Para qué quiero lograr lo que quiero lograr? ¿Desde dónde me estoy moviendo? ¿Desde el miedo a no ser suficiente, a no ser valioso, a no ser amado o aceptado? ¿O desde un deseo genuino que nace de la conexión conmigo y con lo que es importante para mí?
Imagina a alguien que amas profundamente. Esa persona es valiosa para ti haga o no haga algo. No necesita demostrar nada para merecer tu cariño. Su valor está en existir. Esa misma lógica aplica para ti, aunque a veces a nuestro sistema nervioso le cueste creerlo. Pausar puede causar inseguridad al inicio, pero la seguridad también se aprende. El sistema nervioso puede regularse.

Regular el sistema nervioso no implica cambiar toda tu vida de golpe. Empieza con pequeñas experiencias de seguridad: respirar más lento, sentir el apoyo del cuerpo en la silla, salir a caminar sin prisa, conectar con alguien de confianza, permitirte momentos de gozo sin culpa. Poco a poco, el cuerpo aprende que no todo es urgencia, que no todo es peligro.
Estamos comenzando un nuevo año. Tal vez ya hiciste tu lista de propósitos, tu vision board o tus metas académicas y profesionales. Todo eso está bien. Pero ¿qué pasaría si junto a esos objetivos agregas espacios de pausa? Momentos para preguntarte: ¿Qué estoy haciendo bien? ¿Qué puedo ajustar? ¿Qué ya hago que podría ser más amable conmigo? ¿Qué necesito hoy para sentirme un poco más en calma?
Pausar no es rendirse. Es escucharte. Es vivir. Es decidir conscientemente desde un lugar interno más estable. Es recordar que tu valor no está en lo que produces, sino en quién eres. Y desde ahí, paradójicamente, también se puede construir, crear y lograr con mayor sentido.


