
Un verso, una estación
Por Catalina Muñiz, Redactora Institucional
Con el inicio de un nuevo año se piensa en diversas formas de atravesar cada momento. Nos proponemos actividades y retos con la vista fija en el final y, muchas veces, dejamos de lado las etapas de cada ciclo. Hay épocas distintas, cada una de ellas se vive diferente, sobre todo a través del cuerpo. El frío del invierno cala en los huesos, el calor vuelve pesada la respiración, la lluvia despierta memorias que no pedimos y la luz excesiva del verano deja al descubierto lo que intentábamos cubrir. Leer poesía también responde a esos cambios: no todos los versos acompañan del mismo modo cuando el cuerpo se repliega o cuando exige expansión.
Las estaciones del año no solo marcan transformaciones climáticas, sino también ritmos de lectura y estados de disposición emocional. A lo largo del año, el cuerpo y la memoria atraviesan distintos momentos de recogimiento, expansión, desgaste o renovación, y la poesía dialoga de manera distinta con cada uno de ellos. Puede probarse leyendo algún poemario durante el invierno y volver a hacerlo durante el verano, la sensación es distinta, interpretamos cada verso con otra visión porque en la poesía, las palabras son elegidas para despertar emociones y durante cada estación, nuestro cuerpo responde a diferentes estímulos.
Leer desde las estaciones es una forma de escuchar al cuerpo y a la memoria y, más que establecer clasificaciones cerradas, este enfoque busca ofrecer una guía de lectura sensible y contextual, que reconozca la diversidad de voces poéticas y su capacidad para dialogar con los ciclos del tiempo y la corporalidad. Las recomendaciones que siguen, invitan a leer atendiendo al momento que se habita y a la forma en que la poesía puede acompañar esos tránsitos. Cada estación convoca una forma distinta de leer: hay voces que acompañan el invierno del encierro, otras que dialogan con la intemperie del verano, la caída del otoño o el pulso incierto de la primavera.

Aquí te propongo un recorrido por diferentes prosas femeninas a partir de las estaciones del año, entendidas como marcos simbólicos que permiten organizar y sugerir lecturas acordes a distintos momentos vitales. Desde el invierno asociado al silencio y la introspección, hasta la intensidad del verano, el tránsito del otoño o la expectativa de la primavera. Cada estación convoca voces poéticas que acompañan, interpelan o amplifican esas experiencias y convierten estos textos en refugios temporales: poemas que arropan, incomodan o acompañan según el momento del año que atravesamos.
La primavera suele percibirse como una época de inicios, una metáfora que acompaña el nacimiento de las flores, el aumento de temperatura, el verde que indica la vitalidad. Podemos asociarla al movimiento, a la necesidad de volver la mirada a lo vivo, a un inicio lento, pero poderoso. María Baranda, autora mexicana, en su poemario El jardín de los encantamientos, trabaja esta vivacidad, la fascinación por aquello que inicia la vida y florece lentamente, por otro lado, Rocío Cerón se enfoca en los sentidos, en la percepción del entorno permitiendo que la imagen poética sea la que guíe nuestras emociones, en Diorama, Cerón consigue que la primavera se proyecte en el lenguaje.
Durante el verano aparecen el calor, el exceso de luz, los cuerpos expuestos, la sensación de quemar y quemarse. Giovanna Pollarolo, poeta peruana, nos lleva de la mano por esta estación a través de la cercanía física utilizando el cuerpo, la sensación de calor y la intensidad, con Entre mujeres solas, se conversa de forma íntima con la corporalidad, la carga emocional y el calor de las emociones intensas. Jamila Medina Ríos, puertorriqueña, en Delirios de la carne, presenta otra visión del verano, retoma la humedad, el calor y el entorno, mezclando en su prosa la sensualidad y la fiereza.

El otoño se comprende como una época de cambios, de dejar ir, así como las hojas abandonan el árbol y el aire comienza a tener una temperatura distinta. Diana Bellesi, poeta argentina, es ideal para leer en momentos donde el paso del tiempo es palpable. En un diálogo con la memoria, la experiencia y la madurez, la autora nos presenta La rebelión del instante, un poemario que, al leerse, se siente como una caricia de las hojas cayendo.
En invierno parece existir una pausa. Un detenimiento para reflexionar, sanar y pensar en lo que se avecina. Muchas veces necesitamos un escape de ese cúmulo de pensamientos propios, descansar de lo que grita la mente. Alejandra Costamanga, originaria de Chile, utiliza los paisajes fríos, el interior de los edificios y personajes introspectivos para hacer de su obra un espacio de contención emocional. A su vez, Cristina Rivera Garza, mexicana y nominada al Nobel de literatura, se presenta como una compañera silenciosa, que invita a la pausa, la reflexión y la observación. En La imaginación pública, experimentamos esa sensación de repliegue que acompaña al invierno.
Leer por estaciones no es dar seguimiento al calendario, sino escuchar al cuerpo, estas poetas ofrecen voces para distintos momentos del año y de la experiencia: cuando algo empieza, cuando todo arde, cuando algo se despide o cuando el mundo se aquieta. La poesía, como las estaciones, no se repite: se diversifica.


