El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional

Por: María del Socorro Pérez Sánchez. Coordinadora de Atención Psicológica Profesional y Posgrado. UDEM.

Es natural pensar que algunas experiencias dolorosas pueden marcar más profundamente que otras y transformar la vida de una persona. A veces, situaciones que parecen pequeñas desde fuera, pueden desencadenar un gran malestar emocional.

Empecemos con un ejemplo: imagina a una estudiante universitaria que se entera de que sus amigas no la incluyeron en un equipo de trabajo para una clase. La noticia la toma por sorpresa y no logra comprender la razón. Desde ese momento comienza a tener pensamientos negativos sobre sí misma: “Soy diferente”, “No pertenezco”. A partir de esa situación, empieza a sentir ansiedad, tristeza, miedo, desconfianza, y se aísla. Aunque en ocasiones logra distraerse con sus actividades diarias, el malestar regresa con fuerza ante ciertos detonantes: el día de la clase, publicaciones en redes sociales o ver cómo interactúan sus compañeras.

En otro caso, una joven asiste a una fiesta y, estando bajo los efectos del alcohol, sufre abuso por parte de un joven al que apenas conocía. Su memoria del evento es confusa: fragmentos de la alberca, frases insistentes del joven, la sensación de mareo antes de irse a recostar. Desde ese día, su vida cambió drásticamente. No puede dormir bien, y cuando logra conciliar el sueño, tiene pesadillas. Recuerdos sensoriales como imágenes, olores o sensaciones vuelven sin previo aviso y le generan angustia constante. Ha perdido el apetito, le cuesta concentrarse y, aunque se esfuerza por funcionar en la escuela, quienes la rodean notan que está “distante”, como si su mente estuviera en otro lugar. Ella misma siente que está atrapada en esa experiencia, incapaz de imaginar un futuro distinto.

La palabra “crisis”, en su significado más profundo, viene del concepto chino weiji, que une dos ideas: peligro y oportunidad. Una crisis es un estado temporal de desorganización en el que la persona no puede enfrentar las situaciones con las herramientas habituales. Las crisis forman parte de la vida humana. El dolor que provocan no se puede evitar, pero sí se puede atravesar.

En el primer ejemplo, las reacciones emocionales de la estudiante son señales de que ha comenzado ese camino: atravesar el dolor es, paradójicamente, la única manera de superarlo. En este proceso, es importante cuidar lo esencial: dormir, comer, moverse al menos 35 minutos al día y evitar estimulantes. Lo importante es recordar que las crisis son temporales. Poco a poco, las emociones intensas disminuyen. Y aunque dejan huella, también dejan aprendizajes: sobre uno mismo, sobre nuestras emociones, sobre la vida. Esa huella puede convertirse en resiliencia, esa capacidad de reinventarse después de la adversidad. A veces, descubrimos recursos internos que no sabíamos que teníamos.

Esto mismo se ve en nuestras relaciones: con la pareja, los amigos, los compañeros. Todas las relaciones pasan por tres momentos: estabilidad, conflicto y reestructuración. Cuando se logra superar un conflicto, la relación se fortalece. Las personas descubren que pueden convivir con cierta incomodidad sin romperse, sin lastimarse, y eso permite construir vínculos más reales y completos: capaces de integrar tanto el amor como las diferencias o el desacuerdo.

¿Qué pasa cuando una persona queda atrapada en una experiencia traumática? No se trata solo del evento en sí, sino de cómo queda registrado en el cerebro. Para alguien que ha vivido una experiencia traumática, los recuerdos pueden repetirse una y otra vez, como si los estuviera reviviendo constantemente. Esto se conoce como flashback, una especie de “bucle emocional” donde el pasado invade el presente, impidiendo ver un futuro esperanzador o reunir la energía para avanzar. La razón está en el modo en que el trauma queda almacenado neurobiológicamente en las redes cerebrales. Las memorias traumáticas no solo contienen hechos, también están cargadas de pensamientos negativos, emociones intensas y sensaciones físicas abrumadoras.

Estudios con neuroimagen han demostrado que hay al menos cinco áreas del cerebro clave que se ven afectadas en este proceso:

La amígdala: se activa intensamente. Es el centro del miedo y las emociones.

La corteza prefrontal: disminuye su actividad. Esta área se encarga de pensar, tomar decisiones y concentrarse. El hipocampo: se desactiva parcialmente. Como “el guardián del tiempo”, cuando no funciona correctamente, la evento en el pasado y lo revive como si fuera actual.

La ínsula y la corteza cingulada: están relacionadas con el equilibrio interno y la autorregulación emocional. También se ven afectadas.

¿Por qué es tan importante hablar de lo que pasó y pedir ayuda? Porque callar lo que duele lo mantiene vivo. Se ha comprobado que quienes hablan de sus experiencias difíciles y expresan sus emociones logran recuperarse más rápidamente. Lo ideal es contar con apoyo terapéutico profesional, donde no solo se escuche la historia, sino también se enseñen herramientas prácticas como técnicas de respiración, ejercicios de autorregulación, meditación guiada y hábitos de cuidado.

Una vez que la persona ha aprendido a calmar su cuerpo y emociones, se puede revisitar el recuerdo traumático desde un lugar más seguro y consciente. Con el tiempo, las emociones intensas pierden fuerza. Es como una vacuna emocional: al exponerse de forma controlada al miedo, el cerebro crea sus propios “anticuerpos”. Este proceso permite que la corteza prefrontal (el pensamiento lógico) y la amígdala (las emociones) se conecten. Así, el recuerdo deja de ser una amenaza constante y se transforma en una experiencia comprendida, aceptada y superada. La herida cicatriza, y lo hace sin dolor.

Las crisis no son el final del camino. Son procesos de transformación. Con el tiempo, si se atienden con cuidado y apoyo, dejan cicatrices… pero también fuerza, sabiduría y una versión más completa de nosotros mismos. Hablar, sentir y pedir ayuda no es signo de debilidad, sino el primer paso para sanar y reencontrar la vida.

LAS EMOCIONES NO SON EL PROBLEMA, SINO CÓMO LAS USAMOS

El miedo real protege. Nos ayuda a tomar precauciones. El miedo imaginario debe enfrentarse, porque si se evita, crece y paraliza. Y lo peor: nos convence de no ser capaces. El enojo también tiene un lado útil: señala que alguien ha cruzado nuestros límites. Nos da la energía para protegernos y exigir lo justo. El placer, aunque vital, debe ser equilibrado. Si se convierte en algo compulsivo —como el uso excesivo de redes, videojuegos, comida o compras— puede terminar esclavizándonos. Por eso, se recomienda dosificar el placer y diversificarlo, incluyendo actividades que nutran diferentes áreas de la vida: pasatiempos, deportes, relaciones significativas, espiritualidad, arte, etcétera. El dolor, como vimos, aunque inevitable, nos transforma si lo atravesamos con conciencia.