
Cocinar como terapia
Por: Paulina Lagarde Ríos. Estudia el 7.° semestre de la Licenciatura en Gestión e Innovación del Turismo. UDEM.
La cocina siempre ha sido un método de aprendizaje y comunicación en mi vida, sobre todo cuando a mis cinco años comenzaba a descubrir lo que me rodeaba. En esta etapa, solía vivir en una casa grande, algo antigua, con mi mamá, mi abuela y mi tío, a quienes les encantaba pasar tiempo en la cocina después de estar la mayor parte de su día en el trabajo.
De dicha época, logro recordar con mucha admiración cómo mi tío y mi abuela gozaban de preparar platillos exquisitos para la hora de la cena o, cuando se podía, lo hacían también luego de mi salida de la escuela, principalmente mi tío, que siempre se mostraba despreocupado al momento de comenzar a elaborar sus recetas.
Tengo magníficos recuerdos de él picando, con inmensa calma, cada uno de los ingredientes que necesitaba, teniéndome a mí robándole un poco de ellos para probarlos, y con su música favorita de fondo. La mezcla de olores y canciones poco a poco lograba que dentro de nuestro hogar se produjera un cambio de aura y pudiéramos jugar con nuestras memorias para emanar antiguos recuerdos y generar nuevos. Aquellos momentos, en su mayoría, ayudaron a que nos sintiéramos libres del estrés habitual para finalizar el día de la mejor manera posible.

Liberar la mente
Mi tío fue de las primeras personas que me enseñó que la cocina puede liberar nuestra mente por un momento de nuestra ajetreada vida y poner todo nuestro enfoque en las pequeñas maravillas que nos regala el día a día. También mi abuela me lo enseñó así.
Tras el fallecimiento de mi tío, ella se refugió en hacernos distintos platillos, como un plato de albóndigas, comida de cuaresma y una rica pasta con calabazas y queso, para fomentar la unión familiar en esos momentos difíciles, y sacar, a través de la cocina, su sufrimiento por la pérdida de su hijo.
En la actualidad, ella vive con mucho dolor en el cuerpo y batalla para poder moverse por la casa; sin embargo, sigue disfrutando de hacer platillos diferentes para “apapacharnos el alma”, como suele decir ella. Cada vez que le pregunto sobre la razón por la que sigue cocinando a pesar de sufrir estos dolores, responde que es porque le funciona como terapia y que, mientras se mueve de un lado a otro para conseguir los ingredientes, pesarlos, cortarlos y cocerlos, ella olvida por completo que se siente mal y se enfoca en darnos una comida rica para nutrir no solo nuestro cuerpo, también el alma.
Al día de hoy, estas dos personas me siguen inspirando para continuar por mi camino culinario y buscar diferentes recetas para que mi familia y amigos las puedan probar, especialmente galletas y distintos postres.

Actualmente curso la licenciatura en Gestión e Innovación al Turismo. He aprendido mucho sobre el arte de la cocina gracias a la excelente maestra que tenemos, la chef Alma Montserrat Castro Salinas. Ella es una de las maestras que más me ha inspirado a seguir descubriendo el ámbito gastronómico, dado que siempre está dispuesta a ayudarnos si tenemos dudas con las recetas. Incluso, en distintas ocasiones que he podido llevar a la clase mis postres, ella me suele dar retroalimentación y me motiva a seguir practicando para mejorar constantemente en mi cocina.
Por otro lado, hay veces que, por mis clases, prácticas y proyectos a lo largo del semestre, mi carrera llega a causarme mucho estrés y cansancio mental. Es por ello que siempre procuro encontrar tiempo para mí y para realizar una de mis recetas preferidas para que, de esta forma, mi mente se relaje casi por completo. Normalmente me gusta preparar galletas de matcha con trozos de chocolate blanco, las cuales, sin presumir, mis amigos suelen decir que son buenísimas. Desde el momento en que voy a buscar la materia prima al supermercado, mi mente se enfoca en el presente y en lo que sí soy capaz de controlar. Asimismo, logró pensar que el hacer este viaje al supermercado me ayuda a formar una rutina positiva que se convierte en una manera de mejorar mi estado de ánimo automáticamente.
Continúo con las acciones de pesar y cortar los ingredientes previamente seleccionados. Aunque estas actividades pueden parecer sencillas, para mí se convierten en un canal de liberación del estrés del día, mediante la repetición del corte del chocolate o por la sensación de orden al poner ya medidos los ingredientes en diferentes tazones a lo largo de la mesa. Una vez que ya está todo bien mezclado en el tazón grande, empiezo a darles forma a las galletas que coloco en una charola, para después ponerlas en el horno.
Al generar este modo de creatividad, libero emociones restringidas y conecto conmigo misma mientras entro en un espacio de calma. Cuando me concentro en mis manos, siento la textura y huelo los olores de la masa, frecuentemente entro en un estado de relajación que me aleja de los pensamientos que me afligen día tras día. Para mí, esta parte de la receta es de las más importantes, pues me sirve como una forma de autoterapia para mejorar mi estado de ánimo.
Finalmente, cuando saco las galletas del horno y ya se encuentran listas para compartir, me da un inmenso sentimiento de orgullo por haber acabado esta receta. Suelo decir que esta parte de culminar por completo la receta me deja como enseñanza que siempre que quiera empezar a realizar un nuevo proyecto, le puedo dar un buen comienzo, seguir su respectivo curso y darle una conclusión exitosa. A su vez, siento una recompensa emocional al pensar que todo lo bueno toma su tiempo para hacerse, y puedo decir que practico mucho mi paciencia mientras realizo este proceso felizmente.
Este es uno de los ejemplos que he podido vivir para comprender cómo la cocina, a pesar de ser una actividad cotidiana, se puede convertir en una forma de terapia para las personas de todas las edades. Es con este tipo de actividades que me doy cuenta de que no se necesitan hacer grandes cambios en tu vida para sentirte mejor, sino que son las cosas pequeñas, como hacer galletas para tus amigos, lo que puede ayudarte a sentirte presente y en paz contigo mismo.
GALLETAS DE MATCHA CON TROZOS DE CHOCOLATE BLANCO
A continuación, les dejo la receta que suelo utilizar para mis galletas de matcha. Es fácil de seguir: permite disfrutar del momento y entrar en un estado de paz. De igual forma, espero que puedan gozar de cada paso como yo lo hago, entrando en un estado de calma durante el proceso de hacer las galletas.
INGREDIENTES
1 3/4 de tazas de harina para todo uso (210 g)
1 cucharadita de bicarbonato de sodio
1 cucharada de maicena
1 1/2 cucharadas de polvo de matcha tamizado
1/2 cucharadita de sal
10 cucharadas de mantequilla sin sal, ablandada (141 g)
3/4 de taza de azúcar granulada (148 g)
1/4 de taza de azúcar morena clara, envasada (53 g)
1 huevo más 1 yema, a temperatura ambiente
1 cucharadita de vainilla
Trozos de chocolate blanco al gusto (170 g)
PROCEDIMIENTO
1. Comienza mezclando la mantequilla ablandada con el azúcar morena y el azúcar granulada.
2. Después, agrega el huevo y la yema junto con la cucharadita de vainilla.
3. Una vez que los ingredientes anteriores estén bien mezclados, vierte los ingredientes en polvo, como la harina para todo uso, el bicarbonato, la maicena, el polvo de matcha y la sal. Mezcla hasta que se forme una masa para galletas.
4. Cuando la masa esté lista, agrega los trozos de chocolate blanco (entre más chocolate mejor).
5. Da forma a las galletas tomando cachitos medianos de la masa y haciendo bolitas al gusto.
6. Coloca las galletas en charola para horno y hornéalas por alrededor de 20 minutos a 170 °C.
7. Una vez fuera del horno, a mí me gusta darles un toque extra derritiendo el chocolate blanco que me sobró y haciendo trazos por arriba de las galletas con este.
¡Disfruta!


