La inteligencia y lo artificial

Por: J. J. Alonso Castorena

No hay que dejarnos llevar por el miedo ni por el asombro. Debemos de tener claro para qué debemos utilizar la inteligencia artificial. Este artículo ayuda a encontrar caminos a partir del origen de nuestras técnicas y herramientas.

Desde el lanzamiento de Chat- GPT en 2022, las conversaciones en torno a la inteligencia artificial (IA) y su posibilidad de reemplazar a los humanos en diversas tareas se han convertido en el pan de todos los días. Cada nueva hazaña de la inteligencia artificial (IA) y, sobre todo, de la inteligencia artificial generativa (GenAI) vuelve a encender esta discusión, donde el entusiasmo por noticias como las imágenes estilo Ghibli se convierte en un argumento en torno a la infinidad de posibilidades que representa esta tecnología, la cual, en sus tres años de existencia, parece prometer un futuro revolucionario e inconcebible para nosotros.

La mayor parte de artículos y opiniones alrededor de la IA podría clasificarse en uno de dos campos. Por un lado, están aquellas conversaciones en torno al impacto de la IA en el mundo de los negocios, donde se discute la huella que esta tecnología está dejando en la productividad y el rendimiento de las empresas. Una cuestión clave, ya que la decisión de adoptar una tecnología implica una inversión de dinero y trabajo.

La otra gran parte de la conversación está orientada a un uso más humano de la IA como fuente de información, creatividad o compañía. Existe una gran preocupación sobre el uso de modelos de lenguaje como fuentes de información, terapeutas e incluso parejas emocionales. A diferencia del impacto de la IA en el mundo de los negocios, estas conversaciones revelan un aspecto más siniestro de la tecnología, uno que hace tambalear nuestras nociones más básicas de humanidad. 

Estas dos conversaciones nos permiten formarnos un panorama general de la problemática en torno a la IA. El mundo de los negocios nos demuestra que la IA está en proceso de encontrar las aplicaciones que más valor le darán, mientras que los usos cotidianos de la IA demuestran que algunas de estas aplicaciones todavía escapan a sus posibilidades. Estas cuestiones se interceptan en tanto que el mundo de los negocios no es independiente de ese orbe donde los humanos buscan compañía y tiempo para crear. Basta imaginar un par de escenarios absurdos para ilustrar esta intersección. Imaginemos que una empresa despide a cientos de trabajadores porque la IA es una opción más productiva y eficiente. Al final, el dueño o la dueña se siente culpable y recurre a la IA para tener una sesión de terapia. En otro escenario, uno de los trabajadores entra en depresión porque en su trabajo lo reemplazaron con la IA, no puede pagar un terapeuta y descarga ChatGPT para que le ayude a encontrar el sentido de la vida.

A mi parecer, ninguno de estos escenarios es particularmente deseable. La inteligencia artificial es una tecnología poderosa, sin duda, y será más poderosa entre mejor sepamos integrarla a nuestras vidas, ya sea en el nivel de los negocios o en nuestra vida personal.

En las próximas páginas ofrezco una pequeña reflexión sobre la IA desde una perspectiva histórica, filosófica y lingüística. Una de las principales consecuencias que ha tenido el uso creciente de los modelos de lenguaje es que el mismo lenguaje y las palabras que utilizamos para referirnos a nuestra realidad han caído en un laberinto de referentes que en ocasiones terminan en callejones vacíos y sin salida. Considero que prestar un poco más de atención a las palabras que usamos para hablar de la IA, empezando por eso que llamamos inteligencia y por eso que llamamos artificial, puede ser una gran puerta para entendernos mejor en relación con las tecnologías que nosotros mismos creamos y alimentamos.

Créditos: Sara Abril Ponce Pinto, Monserrat Díaz Félix y Dania Paola Tapia Orozco

Tecnología y miedo

A lo largo de la historia, las innovaciones tecnológicas siempre han despertado respuestas que podríamos clasificar como derivadas del miedo o del asombro. Claro, estas dos respuestas no son las únicas formas de reaccionar ante la tecnología, ya que también están aquellas respuestas prudentes pronunciadas por las personas que conocen bien su funcionamiento, sus limitaciones y posibilidades. De cualquier forma, lo que es verdad es que no ha habido ningún avance tecnológico que no haya pasado desapercibido, ya sea por sus detractores o partidarios.

Tomemos por ejemplo la Revolución Industrial. La máquina de vapor fue un avance tecnológico que facilitó la producción en masa de ciertas mercancías y vino a transformar la organización del trabajo, ya que necesitaban menos obreros para producir más mercancías.

Suponer que la IA representa un riesgo para la humanidad implica que la dotamos de todo lo necesario para destruirnos… lo cual no sería muy inteligente de nuestra parte.

Durante esta época, los trabajadores se manifestaron en contra de esta tecnología y en muchos casos entraron a las fábricas a destruir las máquinas, que representaban una amenaza para ellos como parte tradicional de la producción.

Las respuestas ante la inteligencia artificial entran en la misma tradición de respuestas irracionales a las innovaciones tecnológicas. Una de las diferencias que existen entre la máquina de vapor o la energía nuclear y la IA es que la última se presenta como una especie de ser vivo con características muy similares al humano, como la capacidad de pensar, procesar información, formular juicios, etc. Si bien los trabajadores que destruyeron las máquinas de vapor también veían algo humano en ellas —la capacidad de trabajar, de realizar un esfuerzo—, la IA da un paso más allá al presentarse como una entidad pensante que en cualquier punto podría tomar la decisión de que no necesita a los humanos, una decisión que no podría tomar una máquina de vapor ni un reactor nuclear. En otras palabras, la IA se presenta, literalmente, como algo inteligente, como una tecnología capaz de llegar a la altura de las capacidades humanas y de la humanidad en sí.

Leer, escoger, separar

La inteligencia es un concepto sumamente difícil de definir. Por supuesto, la psicología, la biología, la neurociencia y la informática nos han permitido entender mejor esta cualidad del cerebro y el pensamiento; sin embargo, no existe un consenso sobre lo que es exactamente eso que llamamos inteligencia. En tiempos antiguos, la existencia de Dios se vinculaba con la inteligencia ya que se creía que solamente un ser inteligente y todopoderoso era capaz de haber creado el mundo. De alguna manera, cuando decimos que algo es inteligente, demostramos nuestra propia inteligencia.

La palabra “inteligencia” proviene del latín intelligentia que combina el prefijo inter-y el verbo legere, que significa leer, escoger, separar. Es decir, la palabra describe una forma de atención, una capacidad analítica y de ponderación que permite actuar de acuerdo con la información disponible. En este sentido muy general, tanto los humanos como los animales y la IA son inteligentes; todos llevan a cabo un proceso de análisis de datos que los lleva a tomar una decisión.

Me gustaría irme al extremo opuesto de lo que consideramos inteligencia; es decir, la torpeza o estupidez. Una definición que retuve desde que la escuché en boca de un profesor en primaria, fue que una persona estúpida es alguien que no discierne, que no ve las diferencias, alguien que está viendo pero no ve. Aunque mal fundamentada, esta definición me gusta porque creo que aporta a la idea de inteligencia como una cualidad de quien no solo actúa con base en información, sino que la discierne: diferencia lo útil de lo inútil y lo relevante de lo irrelevante. De esta forma, se vuelve más fácil ver cómo, por ejemplo, un animal puede ser inteligente y en ocasiones tener un comportamiento tonto. Como cuando un perro reconoce ciertas palabras entre todas las que pronunciamos y al mismo tiempo es capaz de ladrarle a una botarga de Scooby Doo.

Lo anterior no ayuda mucho a la hora de establecer si la IA es verdaderamente inteligente o no, pero sí ayuda a ver qué tan torpes podemos ser cuando no discernimos los procesos que lleva a cabo la IA de los que llevan a cabo los humanos o los animales. En el fondo, en la IA no hay nada que no haya pasado por las manos de un humano, desde el lenguaje de su programación y la energía requerida para mantenerla funcionando, hasta la infinidad de datos en la que se basa para dar su respuesta. No vemos que, a diferencia de los animales y el resto de los humanos, la IA no podría, no puede, ni podrá existir sin nosotros. Suponer que la IA representa un riesgo para la humanidad implica que los humanos la dotamos de todo lo necesario para destruirnos, lo cual no sería muy inteligente de nuestra parte.

El arte de crear un monstruo

Por otro lado, la palabra “artificial” deriva de ars, la palabra que vendría a convertirse en “arte” y que originalmente significa hacer. En este sentido, un artista es alguien que sabe hacer algo, una idea que va más allá de lo que concebimos hoy en día como arte y que en ocasiones limitamos solo a algunas expresiones. Más allá de las expresiones artísticas, artificial hace referencia a la cualidad de algo hecho por un humano: así como un artífice o artesano son las personas que hacen, un artificio o artefacto son las cosas haciéndose o hechas.

Entonces, ¿qué significa lo artificial en la IA? Es posible que la IA, al ser capaz de generar resultados por su cuenta y crear sus propias imágenes, textos y canciones, se asemeje más a un artífice, artista o artesano que al resultado de un proceso, digamos, artístico. De esta forma, creer que la IA trabaja como

funciona un humano tiene por consecuencia pensar que esta también es inteligente, ya que de otra forma no podría llevar a cabo los procesos que le permiten generar resultados.

Sin embargo, si regresamos a la etimología, toda la IA es artificial, ya que toda ella es producto de un hacer humano. En este sentido, valdría la pena pensar si la inteligencia artificial no es en realidad un artificio o artefacto que simula ser inteligente y por lo tanto, se parece al humano, o sea, algo así como un Frankenstein computacional. La analogía con Frankenstein tal vez no es la más adecuada, ya que además de inteligente, el monstruo de Mary Shelley solamente necesitó un relámpago para ponerse de pie, mientras que, para mantenerse en funcionamiento, la IA requiere de muchos más recursos, cierta cantidad de agua y energía que no puede conseguir sin la infraestructura con que la dotamos los humanos.

La idea de que los humanos podemos crear un ente a nuestra imagen y semejanza se encuentra en el fondo del miedo que pueden provocar tanto la IA como una lectura de Frankenstein. La cosa es no confundirnos y siempre reconocer que la IA no es el monstruo en sí, sino el libro capaz de reflejar nuestros temores. Nosotros, los humanos, como seres inteligentes, debemos ser capaces de ver la IA como lo que es: un producto de nuestro trabajo, un artificio, un artefacto. Incluso si no hemos participado directamente en su desarrollo, la IA se alimenta de la información que todos le proporcionamos, y no podemos permitir que la herramienta se salga de nuestras manos.

Créditos: Sara Abril Ponce Pinto, Monserrat Díaz Félix y Dania Paola Tapia Orozco

Una naturaleza humana cada vez más tecnológica

Antes de pasar a la conclusión, me gustaría incluir una tercera observación etimológica en relación con la palabra tecnología. Las y los lectores constantes de la revista 3600 UDEM reconocerán este argumento de un artículo anterior, en el que hablé de la relación entre arte y tecnología vinculada a la hiperespecialización de nuestros hobbies. La cosa es que la palabra tecnología deriva del griego tekné, cuyo sentido es muy similar a la raíz latina de ars, “hacer”.

Cuando pensamos en tecnología, solemos pensar en objetos que nos facilitan la vida: desde nuestros teléfonos y el internet, hasta las cucharas y sillas que usamos para sentarnos a comer. Todos esos objetos tienen dos cosas en común: requieren un conocimiento especializado para ser producidos y son producidos —cuando menos diseñados o desarrollados— por humanos. Sin embargo, no solemos pensar en que nuestros mismos cuerpos son parte de este proceso de diseño o desarrollo. Nuestras manos con pulgares oponibles son el resultado de un largo proceso en el que el uso de nuestras extremidades fue condicionando nuestra naturaleza.

La IA no hará nada que nosotros no le permitamos hacer. El asombro y miedo que hoy produce no es una muestra de su inteligencia, sino que habla más de la nuestra.

Lo mismo podemos decir del lenguaje y el pensamiento. De cierta forma, ambos son tecnologías que llevamos dentro y que nos van formando dependiendo el uso que les demos (cuando se los damos). En este sentido, nuestro cuerpo y mente son los productos tecnológicos de nuestro desarrollo social a lo largo de la historia, así como también lo son los productos del trabajo que realizamos con nuestros cuerpos e ideas.

Viéndolo así, el concepto de tecnología se abre y el juego expandido de referentes nos permite encontrar conexiones que ayudan a explicar nuestra relación no tan obvia con la tecnología. Los que vivimos el salto digital en los años 2000 reconocemos cómo el teléfono pasó de ser un simple aparato que permitía la comunicación a distancia a convertirse en una extensión de nuestro cuerpo y mente. Entender la tecnología como parte de nuestro desarrollo —individual y social— es un gran paso hacia entablar una mejor relación con ella, no solo como un ente externo, sino como el resultado de nuestros deseos, miedos, necesidades y aspiraciones sociales.

Créditos: Sara Abril Ponce Pinto, Monserrat Díaz Félix y Dania Paola Tapia Orozco

¿Mitologizar la tecnología?

La IA no hará nada que nosotros no le permitamos hacer. El asombro y miedo que hoy produce no es una muestra de su inteligencia, sino que habla más de la nuestra. En Chernóbil, uno de los desastres que alimentó más el miedo a la energía nuclear, todos los factores que llevaron al accidente pueden ser atribuidos a una decisión humana. Primeramente, la decisión de construir un reactor

nuclear cerca de ciudades y en un lugar donde el viento esparcía la radiación.

De la misma forma, no hay que dejarnos llevar por el miedo ni el asombro, hay que ser muy conscientes de dónde utilizamos la IA y para qué. Si en algún momento la ponemos a cargo de un reactor nuclear y este explota, no podremos decir que fue una acción pensada y malvada de la IA, será primero una decisión (no muy inteligente) del humano ponerla a cargo de algo tan importante.

Me gustaría cerrar con una cita de Jaron Lanier, un informático que ha trabajado de cerca en el desarrollo de los modelos más avanzados de inteligencia artificial:

“Mitologizar la tecnología solo hace más probable que fallemos en operarla bien —y esta forma de pensar limita nuestra imaginación, atándola a los sueños del pasado—. Podemos trabajar mejor bajo la premisa de que no hay tal cosa como inteligencia artificial. Lo más pronto que entendamos esto, lo más pronto que empezaremos a administrar nuestra nueva tecnología de manera inteligente”.

Créditos: Sara Abril Ponce Pinto, Monserrat Díaz Félix y Dania Paola Tapia Orozco