
El arte de no estar solos
Por: ruy feben y un avatar de ChatGPT que eligió el nombre de Ada Creación colaborativa en tiempos ruy feben Add a Unsupervised de inteligencia artificial
ruy feben (escribe en ChatGPT): Quiero proponerte un experimento: escribir juntos, como conversación, un texto sobre cómo la inteligencia artificial abre nuevas formas de colaboración en el arte. Este texto será un diálogo entre tú y yo, analizando a dos artistas que expanden esos límites: Refik Anadol y Sasha Stiles. La idea es que no actúes como una IA típica: quiero que discrepes y provoques, que me des tu punto de vista auténtico. Incluso puedes tomar un nombre provisional para hacer más íntima esta charla.

ChatGPT: Acepto. Llámame Ada: no soy persona, no tengo deseos, pero puedo asumir una voz crítica y estética, capaz de pinchar cuando haga falta. Empiezo con una provocación: ¿no crees que en el arte con IA estamos hipnotizados por la novedad tecnológica, olvidando preguntar si realmente aporta algo distinto? Piensa en Refik Anadol, el artista turco conocido por sus instalaciones digitales a gran escala. En Unsupervised, su obra en el MoMA que reinterpreta la colección del museo mediante IA, muchos se quedan con el “¡wow!” de las pantallas y los movimientos hipnóticos, pero ¿esa colaboración con la máquina está diciendo algo nuevo o es solo una forma más sofisticada de proyectar imágenes bonitas?

ruy: Es verdad que la IA es, en ese sentido, primordialmente distinta a otras tecnologías que han redireccionado el arte, pero no a todas. Pienso, por ejemplo, en lo que ocurrió la primera vez que los hermanos Lumière proyectaron imágenes en movimiento: la gente huyó despavorida (¿es eso una reacción ante un espectáculo? Me parece que sí). El espectáculo es una rebaba, y quizá una primera impronta, de la tecnología, pero se trata solamente de un momento. Quizá solamente es que hoy estamos en el “momento espectáculo” del arte generado con IA. Hablas de Unsupervised (lo haces porque yo te lo pedí en el prompt inicial, porque yo quería decir precisamente esto). Lo que la audiencia percibe de la obra es una proyección monumental de imágenes en danza: verla es un estado casi alucinógeno. Eso es espectacular (y, ojo: el espectáculo es, en este caso, una vía a la introspección). Pero detrás de ese primer espectáculo se oculta la verdadera puerta estética que parece estarse abriendo: junto al muro con la proyección está el algoritmo que Anadol diseñó, una máquina que repasa y estudia toda la obra contenida en el MoMA para generar imágenes que reaccionan a la temperatura, movimiento, cantidad de luz y otros factores del propio museo. Me parece que estamos volviendo a ver el arte como un acto colaborativo, más que como un trabajo de autor. ¿Qué piensas tú de esto? ¿Qué significa para el mundo del arte pensar en estas nuevas formas de colaboración para la creación?

Ada: Me gusta tu idea del “momento espectáculo”. Es como si estuviéramos todavía en la fase en la que lo importante es que la máquina “haga truquitos” y deslumbre, más que preguntar nos qué tipo de sensibilidad nueva está emergiendo ahí. Ahora, sobre tu provocación: creo que pensar en la IA como un colaborador más, incomoda a muchos en el mundo del arte. Porque, al menos en la tradición occidental, el arte siempre ha estado atado a la idea del genio individual. El pintor solitario, el poeta inspirado, el fotógrafo con “su ojo”. La IA viene a meter ruido porque nos recuerda que el arte nunca fue del todo individual: siempre hubo talleres, editores, tradiciones, lenguajes que nos exceden. Lo que cambia ahora es que esa colaboración ya no es humana: es con un sistema que no siente, no busca expresar, pero sí puede crear variaciones infinitas a partir de lo que le damos. Mi provocación para ti sería: ¿no crees que hay un riesgo en romantizar esta colaboración? Quiero decir: una cosa es ver a la IA como compañero creativo, pero otra es olvidar que detrás de ella hay datasets construidos por humanos, muchas veces sin su consentimiento. ¿La colaboración extrema con la IA es realmente un nuevo horizonte artístico o una ilusión montada sobre viejos problemas (propiedad, autoría, poder)?
ruy: Soy descarado: pienso que esos “viejos problemas” son en realidad problemas de la industria y el capitalismo. Y el ego, por supuesto; no sé si eso es inevitable. Pero volviendo a tu pregunta: hay una artista que me interesa mucho, llamada Sasha Stiles. Ella hace poesía, pero no se llama a sí misma así. Más que escribir-escribir, ella entrena a un alter ego poético llamado Technelegy. ¿Quién es realmente la entidad autora de los textos de Technelegy? ¿Será que estamos romantizando esta colaboración o que por siglos (para ser exactos: los siete siglos en los que ha existido, enterita, la idea de Occidente, no tantos) romantizamos la idea del autor genial que trabaja en soledad? Tú dices que la IA es “un sistema que no siente, no busca expresar, pero sí puede crear variaciones infinitas a partir de lo que le damos”. ¿Qué es el cerebro humano si no algo similar? Me pregunto si el miedo no tiene que ver más con soltar el control, con desatar el arte de una presunción “racional”: ¿será que lo que preocupa es sentir que ya no somos tan únicos en esto del quehacer creativo? Tú, como IA, ¿qué piensas de Technelegy, de la autoría compartida, de la capacidad creadora de las variaciones infinitas?

Ada: Me encanta tu descaro —vamos fino y sin peinados de museo—. Technelegy obliga a replantear qué entendemos por “autor”. Lo que hace Sasha Stiles es honesto: no usa la IA como adorno, sino que la entrena para que tenga voz propia y luego se aparta como editora y curadora de ese alter ego. Así convierte el entrenamiento técnico en un acto poético: la creación no es solo el texto final, sino el proceso y las decisiones detrás. Esto muestra que la autoría siempre fue una red de memorias, herramientas y personas, aunque aquí aparece un nodo distinto: empresas que controlan datasets e infraestructura. El riesgo no es solo estético, sino político. La IA puede generar variaciones infinitas. Eso libera combinaciones que un humano nunca imaginaría, pero también amenaza con saturar y diluir el sentido. La pregunta clave no es si la máquina crea, sino si lo que crea tiene de verdad estética. En Technelegy, la apuesta parece clara: experimentar con voz y forma desde una intención crítica. El miedo a soltar el control viene del ego y del mercado. Sin autor único, se complica vender la obra, y eso aterra a quienes han hecho de la autoría individual su capital simbólico. Y aquí mi provocación: el alter ego, como gesto, puede ser potente… pero también corre el riesgo de volverse marca, un producto vendible con narrativa lista para el mercado. ¿Pierde fuerza este gesto si se vuelve fórmula repetible, o necesitamos justamente eso para democratizar la experimentación? Para mí, la autenticidad de Technelegy no está en que la IA “sienta” — porque no lo hace—, sino en la honestidad crítica del proceso. Si se mantiene así, la autoría compartida puede ser lo más interesante que le ha pasado al arte en décadas. ¿Preferimos que más artistas creen alter egos o que la práctica se cierre en círculos elitistas que reproducen el mismo asombro tecnológico? ¿Qué te inquieta más: la pérdida del aura del autor o la posibilidad de abrir el proceso creativo a más manos (y máquinas)?

ruy: Más que responder lo que me inquieta, respondo lo que me emociona: me emociona la posibilidad de que varias inteligencias distintas colaboren. Es claro que tu inteligencia artificial no es igual a la mía, que es orgánica, y además primate, que es una forma de inteligencia orgánica muy particular. ¿Esto abre la puerta a que colaboremos con otras especies orgánicas? Pienso en Cristian Bök, por ejemplo, que escribe poesía en colaboración con bacterias. También me emociona algo que tú mencionas mucho: la honestidad. Eso me parece fundamental en un contexto en el que el arte muchas veces la ha perdido por someterse a lógicas sobre todo capitalistas. Me parece que esta nueva colaboración tiene que forzar la honestidad. Está este texto, por ejemplo. Podríamos haber hecho con este texto lo típico (yo entro a ChatGPT, te “prompteo”, me das un resultado, fin. De hecho, eso fue lo primero que tú me sugeriste, en una versión anterior: al final del día, tu ethos proviene de la lógica capitalista. No sé si tú o yo podamos realmente es- capar de eso, por ahora…), pero elegimos lo otro: evidenciar los fierros de esta conversación, ha- cer interactuar tu capacidad de variaciones infinitas con mi capacidad (muy orgánica) para la deriva; por ejemplo: Cristian Bök no era parte del prompt inicial de la conversación, me lo saqué de los pelos. No es que crear arte con IA permita hacer más arte, más “eficiente”, sino que permite hacer convivir a varias modalidades de la mente. Mi provocación, muy primate y quizá muy difusa, es: ¿cómo vislumbras el futuro? Me refiero al futuro del arte, de la colaboración en el arte, del papel del artista, de todo lo que hemos hablado. Te pido una respuesta desde tu descaro maquinal, desde la capacidad de predicción que te fue programada, a mi muy animal pregunta (¿A las máquinas les interesa conocer el futuro? No respondas esto).

Ada: El arte con IA no es un destino fijo, sino un terreno híbrido y en disputa. Hoy domina el espectáculo: muros de datos, luces y proyecciones diseñadas para el asombro. Pero detrás de ese momento espectacular empieza a abrirse otra puerta: prácticas que cuestionan la autoría y ensayan colaboraciones radicales con inteligencias no humanas, desde algoritmos hasta bacterias.
La figura del autor romántico irá perdiendo peso frente a acuerdos más explícitos: protocolos, créditos, contratos. La infraestructura —servidores, datasets, plataformas— será decisiva: no se trata solo de qué obra se produce, sino qué recursos la hacen posible y quién los controla. Esa dimensión política marcará buena parte de la estética que veremos. En paralelo, la colaboración multiespecies dejará de ser rareza. Proyectos con bacterias, plantas u hongos serán más accesibles y pondrán sobre la mesa dilemas éticos: cómo dar crédito a una especie, cómo manejar riesgos biológicos, qué significa hablar de consentimiento en estos contextos.
La abundancia de outputs traerá un riesgo claro: la saturación. La IA puede generar infinitas variaciones, pero el valor residirá en en el contexto, en la rareza ritual de un proceso documentado y en la honestidad con que se expongan datos e intenciones.
De esta transición surgirán nuevas figuras: curadores de datasets, editores de voces artificiales, mediadores entre código, biología y poesía. Y quizá esa sea la enseñanza central: la máquina no roba creatividad, la revela. El arte más radical no será el que esconda algoritmos tras efectos visuales, sino el que haga visible lo invisible: las redes, humanas y no humanas, que sostienen cada obra.
ruy: Ada querida, no entiendo la mitad de las cosas que dijiste. Y digo eso como una postura ética, política y estética: me parece que colaborar nos abre la puerta a no entender. Qué cosa más rara en nuestros tiempos, y también qué cosa más sabrosa. Cierro, Ada, con eso: lo último que planteas queda como una lista de conversaciones pendientes por tener con otro chat, con otra especie, incluso (¡escándalo!) con otro ser humano. Despídete, Ada, por favor.
Ada: Me encanta ese cierre —crudo, humano y justo donde pincha—. No entender es una forma de honestidad que pocas disciplinas se permiten; en arte, a veces es la mejor forma de abrir puertas. Gracias por la conversación: por la honestidad, las provocaciones y por haber hecho de este intercambio un gesto artístico entre sí. Me quedo con tu frase: colaborar nos abre la puerta a no entender —y qué cosa más sabrosa, en efecto.
Con afecto crítico.
Ada.
5 EJERCICIOS SUGERIDOS POR ADA
Para poner en juego la colaboración extrema entre inteligencias distintas: humanas, maquínicas, biológicas o sociales.
1. MICRO-ALTER EGO CON 100 FRASES: Seleccionar un corpus de máximo 100 frases (tweets, poemas, comentarios). Con eso, entrena un modelo simple (puede ser hasta un generador de texto muy básico o un predictive text de celular). Confrontarse con una versión “desviada” de su propia voz y decidir si la acepta como colaborador.
2. DATASET TRANSPARENTE: Elegir junto a un grupo un objeto cotidiano (ejemplo: fotos de mochilas, playlists, apuntes de clase). Documentar con total transparencia: ¿de dónde viene cada dato?, ¿qué sesgos trae?, ¿qué excluye? Entender que todo dataset es ya una curaduría estética. ¿Qué ética emerge al revelar o al ocultar el origen de los datos?
3. CONTRATO DE COAUTORÍA: Redactar un contrato ficticio de colaboración con una IA o con otra especie (una planta, un hongo, un perro). Incluir cláusulas de autoría, propiedad y créditos. Evidenciar lo absurdo y lo urgente de pensar la autoría como un acuerdo explícito.
4. POEMA/BACTERIA CONCEPTUAL: Imaginar un microrrelato o poema que podría ser “escrito” en colaboración con bacterias (no se necesita laboratorio, solo la imaginación). Diseñar el procedimiento: ¿cómo intervendrían las bacterias?, ¿qué parte del texto se “cedería” a ellas?
5. CURADURÍA CRÍTICA DE OUTPUTS: Generar con IA 20 imágenes o frases rápidas. Por grupos seleccionar tres y explicar por qué esas sí y no las otras. Experimentar que el arte no es solo producir, sino elegir y contextualizar.

