
El dilema de la inteligencia artificial y la carrera de Diseño: Imaginar sigue siendo humano
Por: Cristóbal Guerra Tamez. Profesor de la Licenciatura en Diseño Gráfico. UDEM.
Un ensayo en defensa de la profesión del diseño ante la inteligencia artificial generativa.
La IA detecta patrones, anticipa comportamientos, completa frases. Lo que no hace es imaginar. Imaginar no es solo encadenar asociaciones, ya que implica notar la distancia entre las cosas y atreverse a tender un puente sensible entre ellas. Esa conciencia del vacío, del intervalo, de eso que dice “no deberían encajar, pero igual los pongo juntos”, sigue perteneciendo al terreno humano.
El diseño nace justo ahí, en ese espacio entre la intuición y la forma. Quienes diseñamos, aprendemos a observar, traducir y darle sentido al caos visual que nos rodea. La tecnología nos ofrece herramientas cada vez más sofisticadas, pero la esencia del oficio sigue dependiendo de algo que los algoritmos no son capaces de resolver del todo: una imaginación que busca propósito.
En los últimos años, la llegada de estos sistemas ha cambiado los procesos creativos. Lo que antes tomaba horas de bocetaje o modelado ahora aparece en la pantalla en cuestión de segundos. Aun así, el valor del diseñador se mide más por la intención y no tanto por la velocidad del resultado. La IA puede acelerar, aproximar y generar variaciones, pero alguien tiene que decidir qué vale la pena conservar y qué se queda fuera.
Cuando estas herramientas entran al proceso de diseño, la creatividad cambia de ritmo. Nos ayudan a acercar más rápidamente esa imagen mental, esa intuición medio borrosa, a una versión visible. Sirven para acortar la distancia entre la idea y su representación, para probar alternativas y ver si lo que imaginamos funciona. Pero la herramienta, por poderosa que sea, no define la mirada. El diseñador sigue siendo quien interpreta, quien duda, quien elige.
Esa elección, el gesto de decidir qué mostrar, cómo hacerlo y con qué tono, es el centro del pensamiento del diseño. En un entorno donde las imágenes se multiplican sin explicación, el diseñador actúa como mediador entre lo que se ve y lo que significa. Ahí la imaginación también se vuelve una cuestión ética. No basta con producir más, es necesario hacerse cargo de aquello que ponemos frente a los demás.

El diseño exige pensamiento crítico desde hace tiempo, y el avance tecnológico solo vuelve más evidente esa necesidad. El rol del diseñador deja de limitarse a generar objetos o piezas gráficas para convertirse en una forma de lectura del contexto. Cada decisión visual comunica una postura, de modo que diseñar también implica decidir qué queremos que el mundo vea, sienta y recuerde.
Desde la perspectiva del diseñador UDEM, la tecnología se entiende como una herramienta al servicio del pensamiento. Es un medio que permite explorar sin perder de vista la intención. En las aulas, el proceso creativo se trabaja como un espacio de reflexión, una especie de laboratorio donde la experimentación convive con la empatía y la crítica. Diseñar implica razonar con cuidado, pero también dejarse afectar por lo que sucede alrededor.
Ahí está la diferencia entre un diseño humano y uno completamente automatizado, en la capacidad de conectar con otras personas. Los proyectos de nuestros estudiantes, al integrar recursos digitales, realidad aumentada, inteligencia artificial o entornos inmersivos, no buscan desplazar la sensibilidad humana, sino extenderla. El software importa menos que la historia que se construye a través de él.
Diseñar, al final, es tender puentes entre lo visible y lo que todavía no se ve tan claro. Es abrir posibilidades en medio de archivos, referencias y datos que se acumulan. Lo valioso sigue siendo la mirada que selecciona, interpreta y transforma.
La IA puede producir imágenes casi sin límite, pero no es ella quien les da sentido. No entiende el silencio, la pausa o la contradicción, esos lugares incómodos donde muchas veces comienza la creatividad. El diseñador se mueve justo en ese territorio intermedio, entre la emoción y la forma, entre lo que es posible hacer y lo que tiene sentido hacer.
Por eso imaginar sigue siendo un acto humano. En ese gesto, el diseño se reafirma como un ejercicio vivo, situado, hecho por personas que se preguntan para qué están creando.
Diseñar, en resumen, es pensar con propósito en un mundo que empieza a aprender a imitar la imaginación, pero que aún necesita de alguien que tome las decisiones.


