Hablar, grabar, publicar… ¿expresarse nunca fue tan fácil?

Por: illitzy Galván Martínez. Estudia el 8° semestre de la Licenciatura en Estudios Humanísticos y Sociales y de la Licenciatura en Sociología. UDEM.

La sociedad actual hace ver tan fácil muchas cosas, por no decir que todo. Si quiero comer, puedo meter comida al microondas o pedir por una app. Si necesito un cargador nuevo para el celular, lo puedo pedir en línea, y si busco una pareja, puedo descargar una app y dejar que el algoritmo me una con mi media naranja. Parece fácil, ¿no?

Algunos teóricos contemporáneos han optado por nombrar esta sociedad bajo distintas perspectivas. Zygmunt Bauman, por ejemplo, la define como una modernidad líquida, pues nada es certero ya, se resbala de las manos y no lo podemos tener. La característica que siempre reluce cuando abordamos nuestra sociedad es el capitalismo.

No podemos despegarnos de la noción de que, todas nuestras relaciones están atravesadas por procesos de oferta y demanda y una idea de libertad de acción: puedes ser lo que tú quieres ser, o vender lo que quieres vender, o hablar de lo que quieras hablar. El capitalismo, junto con el libre mercado, han impactado todos los ámbitos de nuestras vidas, incluso en aquellos que parecían estar fuera de la lógica económica. No se trata de las cosas que podemos pedir en internet o de encontrar comida coreana en el 7-Eleven. Las emociones, las relaciones, nuestra identidad y la manera en cómo y con quiénes nos comunicamos pasan por el capitalismo. Ya no solamente consumimos bienes materiales, ahora consumimos experiencias, discursos, formas de pensar, noticias, chistes, reflexiones y hasta maneras de ser. ¿Cuántas veces hemos entrado a Instagram por una dosis diaria de life hacks o de contenido político que reafirma ideas que tenemos respecto a conflictos mundiales?

Zygmunt Bauman, por ejemplo, la define como una modernidad líquida, pues nada es certero ya, se resbala de las manos y no lo podemos tener.

Podrían decirme que el capitalismo no tiene la culpa y en efecto no parece tenerla. Somos nosotros mismos quienes nos insertamos (consciente o inconscientemente) en esta dinámica sin fin y reproducimos el mismo sueño: ser visible, tener reconocimiento y que lo que se haga sea validado por alguien. ¿Por qué tenemos cuentas de Instagram, de Facebook, TikTok? ¿A dónde queremos llegar con ellas? Es para no quedarnos fuera del mundo, de los chistes, de las noticias que suceden en medio oriente, en Palestina.

Deseamos nuestra libertad y queremos que nuestra comunidad nos vea, queremos estar en contacto con nuestra gente, expresarnos nos parece un acto de libertad. Creo que expresar responde a una lógica de mercado, en donde el valor de lo que decimos se mide por la atención que nos ponen, su impacto o rentabilidad. La idea de que cualquiera puede expresarse se ha convertido en una especie de mantra colectivo que repetimos una y otra vez en nuestra vida, sin pensar que es una promesa que jamás llega a cumplirse, pues aunque tengamos una cuenta en redes sociales y acceso a internet, no todos somos escuchados. No todos tenemos la misma visibilidad (ni la facilidad para tener seguidores). No todos tenemos el algoritmo a nuestro favor. Ahí es donde, la idea de democratización, deja de tener sentido. No basta tener la cuenta, el internet y hablar o subir fotos… hay que “saber” cómo ser escuchados.

Este ensayo es para la revista de nuestra Universidad y me invitaron a escribir como estudiante, pero ¿cuántas personas me leerían si lo escribo en redes? ¿Me hubieran hablado para escribir esto si no estudiara lo que estudio? El proceso no es tan democrático, entonces. En esta o en cualquier revista o red social, la idea de libertad es falsa, está condicionada y yo no es- porque tenga algo que decir específicamente, lo hago porque me dieron el foco de alguna manera mi pensamiento con el tema y yo también quiero estar presente y aprovechar oportunidades así para mantener el puente y que las humanidades puedan seguir siendo

El más grande problema de esto no es a quién se le da la oportunidad de hablar y a quién no, también es la saturación de la información. En algún punto, si todos hablan ¿nadie escucha? ¿Cuál es realmente el problema?

¿Por qué tenemos cuentas de Instagram, de Facebook, TikTok? ¿A dónde queremos llegar con ellas? Es para no quedarnos fuera del mundo

¿Los que hablan o la cantidad de personas que hablan?

Quizá el problema no sea ni la cantidad de voces ni las plataformas en sí, sino el tipo de atención a la que nos acostumbramos. Escuchamos rápido, opinamos más rápido y olvidamos aún más rápido. La inmediatez es nuestra mejor amiga y que todo se diga ya, se sienta ya, se comparta ya. Pero es imposible que a esa velocidad podamos ver algo, sentir algo, escuchar algo. La inmediatez nos ha dado la ilusión de que podemos participar y conocer el mundo en un minuto, pero también nos quitó la posibilidad de comprender genuinamente lo que está pasando. El silencio, donde antes uno podía andar de ocioso, se volvió una práctica que algunos pocos pueden sostener, igual que la atención.

El reto de esta “libertad” es darle sentido, volver a encontrar el sentido entre todas las cosas. El verdadero acto contra el sistema es aprender a escuchar y a estar presentes, para recuperar el sentido de la voz, del habla, de la vida.