
Lenguaje: la forma de vincularnos con el mundo
Por: Katherine Mani, estudiante de la Licenciatura en Letras
Recuerdo mirar por la ventana, atascada en el tráfico matutino. Ese día, mi mamá me llevó a la escuela porque mi papá tuvo que salir a un viaje de trabajo importante. Empujada por el aburrimiento y la necesidad de tener un buen desempeño en tercero de preescolar, observé. En voz alta, leí (o al menos lo intentaba) cada uno de los carteles indicadores con los que mis ojos se cruzaban a lo largo de la Avenida Universidad.
Poco a poco, descubrí que esas rayitas blancas sobre fondo verde me revelaban datos, que esas eran las fórmulas de creación tanto para palabras que solía escuchar en mi día a día o en mis clases de historia, como para términos cuyo significado jamás habría conocido de no haber preguntado a mi mamá. Entonces un mundo se abrió ante mí: el mundo del lenguaje escrito, esta gran habilidad de crear una serie de trazos con la posibilidad de contener todo un ecosistema imaginativo.
El lenguaje escrito es una forma más del lenguaje en sí. En su forma más elemental, comprende a todo tipo de manifestaciones que comunican o expresan un mensaje. Bien lo han establecido teóricos como Roman Jakobson, lingüista ruso: “Todo lenguaje requiere de un emisor y un receptor para ser percibido y, por tanto, existente”. Jakobson establece que el modelo de comunicación humana está basado en seis factores que comprenden un emisor, un receptor, un mensaje a transmitir, un contexto bajo el cual se pueda comprender la interacción, un código y un canal de transmisión. El ser del lenguaje, se podría decir, se materializa en un proceso interactivo entre las partes mencionadas.
De presentarse alguna falla en este proceso simultáneo, el lenguaje muere, pues, a pesar de que este pueda ser emitido, el signo emitido no se interpretaría ni se develaría: la idea quedaría en el aire, sin ser apropiada por otro sujeto. Cuando un lenguaje muere, el resultado es un hueco cultural e interpretativo de ideas que alguna vez pertenecieron a personas; mundos enteros, ideas que podrían provocar algo en el otro son expulsadas de las posibilidades de conocimiento.

No obstante, los lenguajes han nacido siempre de un propósito humano: expresar y vincularse con otros. Grandes invenciones de nuestro tiempo, como las redes sociales, han buscado lo mismo y desarrollado nuevos lenguajes (como los emojis, un ejemplo de lenguaje visual) que terminan por moldear una percepción del mundo. Por eso, a pesar de que el lenguaje escrito y hablado sea con frecuencia lo primero que pensamos cuando buscamos hablar de él, es necesario detallar que, ante todo, es vinculativo. Ahora bien, ¿cómo nos vinculamos en el mundo? ¿Con qué lenguajes nos relacionamos, a veces incluso sin la necesidad de usar palabras?
Hablar y leer
En el mundo, nos movemos con otros lenguajes, creamos otros mundos, que revelan con la víscera, movimiento o colores, una serie de ideas que escapan a las palabras.
El lenguaje escrito y hablado ha tomado la batuta en el caminar diario, sobre todo gracias a los medios de comunicación auditivos y visuales que rigen la interacción de ciudades enteras. A un ojo lector entrenado en la escritura y el habla, habitualmente se le escapan otros tipos de lenguaje, aún cuando conviven en simultaneidad. Resulta increíble explorar el color, el movimiento, la gestualidad y la corporalidad; hasta lo arquitectónico y espacial, pues estos nos revelan que nuestro mundo entero está construido con lenguajes abstractos que crean materia vinculativa, una donde podemos existir. Sin embargo, el primer mundo a construir con un lenguaje es el propio, el que nos es dado como condición material del ser humano: el cuerpo. A él corresponde el lenguaje corporal.
La autenticidad del cuerpo
En su texto Le corps poétique, Jacques Lecoq, importante teórico francés de lo escénico y lo corporal, expresa la importancia de que sus alumnos logren primero una habitación de su cuerpo antes de comenzar a actuar. Aún antes de externar palabra alguna sobre el escenario, Lecoq propone que el actor debe comprender el lenguaje de sus extremidades, de su fisicalidad, para lograr una comunicación auténtica, una expresión personalizada de aquel mensaje que se quiere transmitir al espectador.
El cuerpo es su código, adornado en algunas ocasiones por máscaras de diversas tradiciones teatrales y en otras más desnudo, con el movimiento, la articulación y el desplazamiento como sus únicas herramientas comunicativas. Las posturas, las fragancias que el cuerpo exude, piensa Lecoq, se exploran desde lo más auténtico del autor, desde sus maneras más originales y orgánicas de llegar al espectador con provocaciones y evocaciones. Finalmente, es el cuerpo aquel con el que se transita e interpreta sensorialmente el mundo.
Leer el cuerpo, el movimiento, la postura, no solamente complementa a la palabra hablada y escrita, sino que trasciende estas comprensiones tradicionales del lenguaje y las resignifica. Compartiré un ejemplo que proporciona Lecoq en su texto. El actor, antes de decir cualquier palabra, deberá imaginarse a la orilla de un muelle. Su amigo de toda la vida se va en un viaje para explorar y conocer una tierra lejana, y no sabe si volverá jamás. La primera proyección del actor intuitivo sería verbalizar un “¡Adiós!” con tanta emotividad y efusividad vocal como quisiera. Sin embargo, un actor entrenado en la poética del cuerpo busca primero decir con el cuerpo: agachar la cabeza, moverse con lentitud, develar la acción personal que está a punto de reflejar en cada una de sus extremidades. Vincularse, pues, desde la emoción consigo mismo y hacer que esta corra por todas sus venas es necesario para que el espectador empatice con la veracidad de su manifestación.
Todo un momento se puede construir mediante el lenguaje corporal, a tal grado que el actor puede incluso prescindir de la palabra, sin perder un solo gramo de la capacidad vinculativa y expresiva intencionada en todo lenguaje. Fuera del escenario, toda persona que cuente con un cuerpo manifiesta sus ideas en gran medida a través de su cuerpo, primer medio. Al estar enfermos, al saltar de emoción, al paralizarnos ante el terror, el lenguaje corporal da cuenta de un mensaje a veces mucho mayor que una palabra. El mundo, entonces, puede ser comprendido más allá de las palabras, llevando a que el lector desarrolle una mirada perspicaz y curiosa a todo lo que rehúye lo escrito. ¿Qué tanto del mundo no está escrito, sino más bien implícito, o codificado?

Experiencia verbalizada: el mexicano
Hablemos ahora del idioma español, lenguaje escrito y hablado, herencia del período de la conquista en México. Entre todo amante de estudios sobre los lenguajes y las lenguas es famosa la frase “la lengua es del hablante”. La lengua española ha sido adoptada por el hablante mexicano y este ha propuesto una serie de variantes de acuerdo con sus experiencias, de tal manera que varios lingüistas distinguen a la lengua mexicana de la lengua española, gracias a la herencia mantenida y su transformación histórico-cultural.
Con particularidad, los refranes destacan como texto vinculativo en la creación del mundo y del imaginario colectivo. No es extraño toparnos con expresiones como “A darle, que es mole de olla” que asocian un proceso o vivencia (en este caso, preparar un platillo laborioso) con una acción imperativa a realizar (“a darle”, a trabajar). En ellos, reside un potencial y una habilidad interpretativa de abstracción que es propiciada por las tradiciones mexicanas. Es evidente que manifestaciones lingüísticas como los refranes, en este caso, contemplan el mundo mexicano cotidiano y lo abrazan. Somos seres que realizan analogías fácilmente, somos pensadores abstractos. La lengua mexicana nos lleva a comprender nuestros procesos lógicos con una base fuera de la palabra: nos asentamos en la experiencia, en el aprendizaje cercano, en aquello que nos es personal.
Fuera de la especificidad en la lengua mexicana, el español no solamente cuenta con una serie de variaciones en cada palabra dependiendo de la región en la que se hable, sino que es tan maleable a las necesidades que puede cargar en sí mismo un peso emocional mucho mayor que en otros idiomas. Como maestra de los idiomas francés, italiano e inglés, noto la falta de cariño que los diminutivos en español proporcionan. El sufijo “ito”, “ita” y sus variaciones “itita” o “itito” parecen añadir una pizca más de ternura y amor mediante la repetición. Lo mismo con sus contrarios, los sufijos superlativos “ote”, “ota”, “otote”, “otota” y hasta “ototote” parecen dar cuenta de la hipérbole y flexibilidad con que desde el español juguetonamente construye la perspectiva sobre el otro.

Una breve conceptualización de los lenguajes entrañables
Tanto el español como lenguaje escrito y hablado, el lenguaje corporal, como otros lenguajes abstractos o poco tradicionales expanden la comprensión del mundo formal o rígido y lo ablandan con emociones, evocaciones entrañables y una manera orgánica de comunicación humana. Si tuviera que clasificarlos de alguna manera, diría que lenguajes como el corporal, e idiomas como el español son: “lenguajes entrañables”.
¿Qué otro lenguaje clasificarías como entrañable? ¿Con cuál lenguaje sueles transitar el mundo y vincularte con él? Como lo establecería el filósofo Emmanuel Lévinas: “Vincularse con el otro no es una opción social o una mera convivencia, sino la estructura fundamental de la existencia humana”.

