Cuando el cine mira al arte

Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM

Navegando por Instagram me detuve al ver una imagen que alguien había compartido: un fotograma de la película El quinto elemento de Luc Besson puesto en paralelo con La columna rota, pintura de Frida Kahlo. He visto la película más de cinco veces y, hasta ese momento, fue evidente para mí que la postura del cuerpo, el vestuario y la vulnerabilidad expuesta, tomaban como referencia plástica aquella obra que todos reconocemos. No se trataba de una copia, sino de un eco iconográfico.

Esa publicación me despertó la curiosidad por explorar artículos que analizan la presencia del arte en el cine. Y encontré  que muchas cintas reconocidas, populares e incluso consideradas clásicos, poseen una estética inspirada conscientemente en obras visuales emblemáticas. El diálogo entre cine y arte visual forma parte de una práctica constante.

Directores y quienes ejercen la dirección de fotografía construyen imágenes que retoman, reinterpretan y actualizan siglos de tradición pictórica. La composición del encuadre, el uso de la luz, la paleta cromática o la configuración simbólica de los personajes forman parte de un imaginario compartido.

Crédito: Cortesía.

Reconocer esas resonancias evidencia que las disciplinas artísticas se influyen mutuamente. Entre los ejemplos identificados, uno muy claro son las inquietantes gemelas de la película El resplandor, dirigida por Stanley Kubrick. La imagen de las niñas tomadas de la mano en el pasillo remite directamente a la fotografía Identical Twins, Roselle, New Jersey (1967) de Diane Arbus. La frontalidad, la simetría y esa mezcla perturbadora entre inocencia y extrañeza construyen un efecto psicológico que trasciende la pantalla.

Kubrick establece también un puente con la pintura en La naranja mecánica. La escena de los prisioneros caminando en círculo evoca casi literalmente La ronda de los presos (1890) de Vincent van Gogh. La composición circular, la repetición de figuras y la sensación de encierro generan un efecto de claustrofobia que en el cine se traduce en movimiento.

Las referencias a veces adquieren una cualidad especialmente poética en la construcción de la atmósfera de la escena. La Ofelia pintada por John Everett Millais (1852) ha sido adaptada en múltiples producciones contemporáneas, como en Melancolía de Lars von Trier, donde el cuerpo suspendido en el paisaje retoma esa sensibilidad prerrafaelita de belleza trágica y naturaleza envolvente. En otros casos el homenaje es explícito. En Sueños de Akira Kurosawa, uno de los episodios permite literalmente “entrar” en los paisajes de Van Gogh (que incluso aparece como personaje), particularmente en Trigal con cuervos (1890), haciendo que la pincelada adquiera corporeidad.

Las estructuras imposibles de Relativity (1953) de M. C. Escher encuentra correspondencias en la espacialidad laberíntica de Laberinto, dirigida por Jim Henson, y en películas como El origen, de Christopher Nolan o Harry Potter y la piedra filosofal, de Chris Columbus. Incluso Nolan ha reconocido públicamente que la estética del Joker en El caballero de la noche estuvo influenciada por la pintura de Francis Bacon, una conexión clave en la creación visual del personaje. El universo flotante y orgánico de Avatar de James Cameron también guarda resonancias con los paisajes imaginarios del ilustrador Roger Dean.

Estos vínculos muestran que el cine no solo se inspira en la pintura o la fotografía como recurso estético, sino como una forma de activar una memoria cultural.

El arte visual es una fuente de información histórica, simbólica y cultural indispensable para la concepción de historias, vestuarios y atmósferas. A través de él, se investigan épocas, contextos y marcos culturales que permiten ambientar con rigor una narrativa. No soy experta en cine, soy más bien una espectadora apasionada que disfruta dejarse contar relatos. Pero precisamente desde ese lugar es posible reconocer cómo las imágenes atraviesan lo que vemos en la pantalla.

Si directores como Kubrick, Kurosawa o Cameron encuentran en la pintura y la fotografía una fuente constante de inspiración, es porque no se trata de un territorio aislado sino de un mundo de formas, símbolos y preguntas que atraviesan todas las disciplinas.

Encontrarnos con esos paralelismos nos demuestra que el arte no es exclusivo ni inaccesible; es una experiencia que puede activarse y enriquecernos en cualquier momento. A veces escuchamos decir: “el arte no es para mí”, “no lo entiendo” o “no tiene relación con mi ámbito profesional”, y tal vez la invitación sea simplemente permitirnos vivirlo también de manera directa: recorrer las obras que habitan nuestro campus, detenernos frente a una pieza sin prisa, observar cómo la luz cae sobre una superficie o cómo una forma ocupa el espacio. Porque quizá, sin saberlo, esa pieza que hoy contemplamos será la que mañana inspire una idea, una investigación, un proyecto o una manera distinta de mirar el mundo.