El amor: del sentimiento a la imagen

Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM

Al pensar en febrero, mes del amor, mi mente viaja inmediatamente a la obra LOVE de Robert Indiana, una imagen que en el siglo XX se expandió hasta convertirse en un referente cultural visual. Su tipografía distintiva, su composición casi infantil y su mensaje inmediato la han convertido en un ícono, reproducido en museos, plazas públicas, camisetas y objetos de consumo (incluso en versión Lego). En ella, la palabra LOVE (AMOR), se vuelve una imagen inmediata y fácilmente reconocible.

Crédito: Robert Indiana, LOVE, en el Centro de la Ciudad de Filadelfia. 

Pero desde mucho antes del nacimiento de esta pieza, artistas y creadores han confiado en el arte para reflejar experiencias profundas: el deseo, la unión, la pérdida, la fe y la esperanza y, por supuesto, el amor —romántico, familiar, espiritual, fraternal, simbólico—. Su presencia constante como tema en el arte, es una respuesta a las múltiples lecturas que posee. No se trata de una aproximación única, sino de un territorio cambiante, moldeado por la cultura, la historia y la vivencia personal.

Mientras la Real Academia Española lo define como: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”, la ciencia lo define así: “un proceso neurológico que se produce en el cerebro e implica a diferentes partes: el hipotálamo, la corteza prefrontal, la amígdala, el núcleo accumbens y el área tegmental frontal”. Creo que en el arte se sitúa de manera distinta pues no intenta explicarlo, sino interpretarlo, darle forma e idealizarlo. A través de cada momento histórico y de cada estilo, se han construido imágenes que proyectan distintas ideas sobre lo que significa amar.

En las representaciones de culturas antiguas, según han observado historiadores y especialistas, el amor estaba ligado a la fertilidad, la continuidad de la vida y al vínculo entre lo humano y lo divino, se concibe como una fuerza cósmica o principio vital. En el Renacimiento comienza a adquirir una forma más humanizada: se vuelve proporción, armonía e idealización del cuerpo y de los vínculos humanos. A esta mirada puede añadirse la dimensión platónica, como en Dante y Beatriz: una mujer real que el poeta elevó a símbolo de idealización y guía espiritual, concepto que fue explorado visualmente en dibujos y bocetos, entre ellos los de Sandro Botticelli.

En el Barroco, este sentimiento se convierte en exuberancia: gesto, dramatismo y una presencia corporal marcada. En El enramado de madreselvas (c. 1609), Peter Paul Rubens se autorretrata con su esposa, situándose en un enramado de madreselvas en un jardín. Se toman de la mano derecha, evocando unión y matrimonio. 

Crédito: Peter Paul Rubens, El enramado de madreselvas, c. 1609.

En el Romanticismo, se vive como algo que lo abarca todo: pasión, idealización, promesa de plenitud y, al mismo tiempo, riesgo de dolor y de pérdida. El beso (1859) de Francesco Hayez, considerado una obra clave del romanticismo italiano, materializa esta visión. A primera vista, muestra un gesto íntimo; sin embargo, la escena es profundamente simbólica. Desde una lectura histórica, la obra vincula el amor romántico con los ideales de libertad y unidad nacional, así lo han apuntado diversos críticos del arte, transformando el beso en una metáfora política. 

Crédito: Francesco Hayez, El beso, 1859.

Entre el siglo XIX y primera mitad del XX, nos encontramos con otros besos: El beso, de August Rodin tallado en mármol, el de Gustav Klimt donde se funden en un manto y fondo dorado, el de Edvard Munch difuminando rostros, y aunque todas hablan de amor, cada una construye una idea distinta de lo que ese lazo significa.

En el arte contemporáneo este sentimiento aparece también fragmentado, abstracto y concreto a la vez. En la obra LOVE de Indiana, se trata de una palabra convertida en objeto, un estado emocional convertido en emblema urbano. 

El arte también está decidido a explorar las grietas y las zonas ocultas del amor. En Untitled (Perfect Lovers) de Félix González-Torres, dos relojes idénticos avanzan juntos hasta que, inevitablemente, uno se adelanta al otro. Para quienes la observan: no hay cuerpos, no hay gestos, no hay palabras, hay solo tiempo, sincronía y pérdida. 

Crédito: Félix González-Torres, Untitled (Perfect Lovers), 1991.

El mismo artista dijo: “No le temas a los relojes, son nuestro tiempo, el tiempo ha sido tan generoso con nosotros. Le imprimimos al tiempo el dulce sabor de la victoria. Conquistamos el destino al encontrarnos en un tiempo y espacio determinados. Somos producto del tiempo, por lo tanto, le damos crédito a quien lo merece: al tiempo. Estamos sincronizados, ahora para siempre. Te amo”.

Incluso en la disciplina del performance, el amor reaparece como un recorrido, esfuerzo y despedida, una noción explorada por Marina Abramović y Ulay, artistas pioneros en explorar el cuerpo y las relaciones humanas a través de acciones. En una de sus performances más emblemáticas, presentada en el Museum of Modern Art (MoMA), Abramović permanece sentada frente a una larga mesa. Al abrir los ojos, se encuentra con la mirada de Ulay: todo ocurre en el silencio y en la expresión de sus rostros. Esta acción quedó registrada en video, permitiéndonos acercarnos a un instante cargado de emoción.

El arte, así, retoma una y otra vez este tema porque reconoce que es inagotable. Al regresar a la escultura de LOVE—tan simple y tan directa—nos deja quizás esta reflexión, el amor no se vive ni se entiende de la misma manera: cada persona lo experimenta, lo nombra y lo manifiesta desde su propia historia.

Tal vez por eso, Marc Chagal escribió: “En el arte, como en la vida, todo es posible si se basa en el amor”, porque el amor es aquello que nos impulsa a imaginar, a crear, y a construir aquello que compartimos como parte de nuestra humanidad.

Y entonces vuelve a mí la frase de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor”. Quizá ahí reside su potencia en no definirlo, sino en vivirlo y expresarlo desde múltiples formas posibles a través de todo lo que hacemos.