
El arte como resistencia
Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM
Un día cualquiera vas camino a tu casa o a tu universidad y te percatas de que, en un muro que siempre estuvo en blanco, ahora se encuentra la imagen de una niña sonriente abrazando un objeto. A primera vista la escena parece tierna, pero al mirarla con más atención, descubres la realidad, su brutalidad, que está cargada de crítica y tensión, pues lo que sostiene es una bomba. No solo se trata de una representación visual, sino de una pregunta incómoda, una que nos impide mirar hacia otro lado.

Esta obra, Bomb Hugger (1998), del famoso artista callejero Banksy, es un ejemplo de cómo el arte puede irrumpir como un grito, ser un llamado incómodo y, al mismo tiempo, construir un acto de solidaridad, memoria y cambio.
Este tipo de fuerza visual no es nueva, tenemos los murales de David Alfaro Siqueiros en el Palacio de Bellas Artes y el famoso Guernica de Pablo Picasso. Ejemplos de cómo el arte puede ser una herramienta para denunciar la injusticia social, la opresión y la guerra. En un contexto más contemporáneo, artistas han dado visibilidad a crisis ignoradas, rebeliones y luchas identitarias. Si miramos atrás, encontramos otros referentes en los que, detrás de una obra aparentemente cándida o mundana, existe un trasfondo profundo, como en Gustave Courbet, autor francés del siglo XIX, quien retrató con crudeza la vida de obreros y campesinos con un realismo sin adornos que reflejaba sus propios ideales activistas.
A veces pensamos que el arte sólo es político cuando quien lo crea se planta con una pancarta para hacerse escuchar, pero no es así. Hoy en día, el arte con carga política habita múltiples lenguajes como el visual, el corporal, el digital, el comunitario. La resistencia en el arte está en los museos, en las calles, en galerías, redes, acciones efímeras.

Uno de los artistas que más representa esta postura es Ai Weiwei, considerado más que artista, un activista. Y que ha dicho que: “Una obra de arte incapaz de incomodar o hacer sentir diferente a la gente no merece la pena. Esta es la diferencia entre el artista y el tonto”. Para Ai Weiwei, la obra no es solo una expresión artística, sino una herramienta para evidenciar injusticias y hacer frente a sistemas autoritarios. Tras denunciar públicamente la corrupción del gobierno chino y la represión de derechos humanos, fue encarcelado en 2011 y vigilado durante años, esto influyó a su práctica artística que está impregnada de protesta, memoria y acción.
En su instalación Life Jackets (2017) cubrió las ventanas gigantes del museo Kunsthal Charlottenborg, en Copenhague, con 3,500 chalecos salvavidas usados por refugiados en su intento de cruzar el mar Mediterráneo. Algunos de esos chalecos salvaron vidas; otros que eran falsos, dejaron indefensas a personas ante la muerte. Con un gesto simple, doloroso y potente, este gran artista convirtió el sufrimiento en una memoria visible.

Otra de sus piezas es Remembering (2009), hecha con 9,000 mochilas en la fachada del Museo Haus der Kunst en Múnich, que honraba a las víctimas del terremoto de Sichuan en 2008, especialmente a los niños fallecidos por el colapso de escuelas mal construidas. Las mochilas formaban la frase “Ella vivió feliz durante siete años en este mundo”. No había más que decir.
Su historia personal está enlazada con su producción y entenderla implica comprender cómo su vida se conecta con la defensa de la libertad de expresión y la denuncia política. Él mismo lo afirma: “Si mi arte no tiene nada que ver con el dolor y la tristeza de las personas, ¿para qué sirve el arte?”.
Numerosos artistas transforman el espacio público en escenario de resistencia, usando impresiones gráficas que han estado presentes a lo largo de la historia por su bajo costo, rápida difusión y capacidad de reproducción. Es el caso del artista francés JR, quien presenta creaciones en espacios públicos poco convencionales, utilizando impresiones de gran formato como en Kikito (2017), una instalación dispuesta a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México. La imagen muestra a un niño pequeño cuya casa en Tecate está frente a la barda fronteriza, asomándose por encima del muro. JR declara: “Creo que mi arte es político sólo por el hecho de que está en la calle. […] Preguntar a la gente de la comunidad es como organizar un pequeño referéndum. Así que, de alguna manera, ellos me dan la autorización. Siento que trabajo dentro de la constitución, pero la que existe en la calle, básicamente” (The Talks, 2017).

El arte de performance también incorpora en sus contenidos el discurso político. En el artículo de la Tate Arte de performance: El espacio de la ira, política y activismo, se explica cómo esta manifestación se convierte en una expresión radical para “reclamar espacio y visibilidad para hacer visible lo que se quiere ocultar u olvidar”. En 2016, la cubana Tania Bruguera, considerada artista-activista, presentó en la Tate Modern el performance Tatlin’s Whisper #5, en el que dos policías uniformados y montados a caballo aplicaban de manera agresiva técnicas de control de multitudes sobre el público visitante. El sentido de esta acción fue intentar traer al espacio del arte realidades vividas por algunas comunidades oprimidas, como señala Bruguera: “Es muy importante hacer un tipo de obra que sea social y políticamente clara pero que tenga un espacio de duda, porque ahí es donde podemos crear una conversación” (Encuentro IDEAS, Argentina, 2017).
En esa misma línea de utilizar el performance para replantear realidades, recientemente en la universidad se presentó Narcisa de Damián Ontiveros, creador y profesor de artes, una acción en la que transforma imágenes de guerra en escenas de naturaleza imaginaria, reemplazando la violencia por un paisaje fértil y en movimiento, una pieza que invita a ver el arte como un refugio donde la destrucción se convierte en vida.
Pero no todo en el arte busca una denuncia directa, a veces encontramos creaciones con cargas silenciosas, que imaginan escenarios mejores o nos muestran ideales, presentando propuestas. En tiempos de cambio y con desafíos, crear desde la ética se vuelve importante. Sigamos el ejemplo de Ai Weiwei, a quien hemos mencionado, cuya producción transita entre el arte y el activismo y que nos recuerda que todo gesto creativo puede ser una forma de ruptura porque propone otra manera de habitar y ver el mundo.
Así, el arte nos invita a conversar, a cuestionar, a mirar con otros ojos y a participar. Nos acerca a otras realidades, nos sacude, nos provoca y nos impulsa a ver desde otras perspectivas. Tiene la capacidad de conmovernos, de abrir caminos para entendernos, relacionarnos como seres humanos y de imaginar juntos un mundo más consciente, más sensible. Como dice JR: “El arte no está destinado a cambiar el mundo, ni a transformar cosas prácticas, sino a cambiar las percepciones. El arte puede cambiar la forma en que vemos el mundo. El arte puede crear una analogía. De hecho, el hecho de que el arte no pueda cambiar las cosas lo convierte en un espacio neutral para intercambios y discusiones, y así te permite cambiar el mundo” (TEd Talk, 2011).
Referencias
Tate. (s. f.). Performance art: The Angry Space, politics and activism. Tate. Recuperado de la página de Tate sobre performance art, política y activismo.