El eco de nuestras acciones

Por: Pamela Silva Solís. Estudia el 6° semestre de la Licenciatura en Médico Cirujano y Partero. UDEM.

El desarrollo espiritual se manifiesta en la forma en que interactuamos con el mundo y las decisiones que tomamos. ¿Cómo impacta en nuestra autora? 

Desde muy pequeña he estado convencida de que las decisiones que tomamos nunca se quedan en el momento. Tienen un eco que resuena en nuestra vida y en la de quienes nos rodean. Mi historia está marcada por elecciones que, aunque en su momento parecían simples, hoy descubro que fueron preparando el terreno para dedicarme a lo que más me apasiona: el servicio a través de la medicina. En la infancia y adolescencia participé en proyectos como Destination Imagination y en voluntariados de ecología desde kínder hasta secundaria. Estas experiencias me enseñaron que cada acción, por pequeña que parezca, puede marcar la diferencia. Las semillas que siembras de niña florecen en las decisiones de tu adultez. Más tarde, unos intercambios a Francia y Canadá me dieron una perspectiva global. Entendí que la salud, la educación y el bienestar son necesidades universales. 

“El camino me enseñó que la medicina no es solo ciencia… también es servicio y espiritualidad”.

Estudios recientes de la UNESCO muestran que los estudiantes que participan en intercambios internacionales tienen un 60 % más de apertura hacia la diversidad cultural y desarrollan un mayor compromiso social en su vida adulta. Yo lo confirmé al descubrir que mirar el mundo desde otras latitudes me hacía valorar más mi propia realidad y mi deseo de transformarla. Aunque desde los cuatro años soñaba con ser médica, las experiencias de mi camino me confirmaron que esa vocación estaba ligada a algo más grande: dejar una huella en el mundo. En preparatoria formé grupos estudiantiles, fui embajadora y participé en voluntariados que reforzaron mi convicción de que el liderazgo y el servicio son inseparables. El camino me enseñó que la medicina no es solo ciencia… también es servicio y espiritualidad. Ya en la carrera, mi deseo de integrarme a proyectos significativos me llevó a formar parte de la fraternidad internacional de medicina Phi Delta Epsilon, a coordinar brigadas médicas en JALPEM y a apasionarme por la salud pública, al grado de certificarme en Salud Global con el Dr. Óscar de Santiago. También asumí la representación de mis compañeros en el Senado estudiantil y viví profundamente mi dimensión religiosa como ministra de la comunión. Llevar la Eucaristía a comunidades y a enfermos me mostró que la sanación es física y espiritual. Cuando el corazón encuentra paz, también el cuerpo encuentra descanso.

Foto de Jose Manuel Esp en Unsplash

“La experiencia en África me enseñó que con lo mínimo se pueden lograr cambios significativos”.

De la misma forma, decidí sumarme a proyectos que impactan la vida universitaria. Proyecta, una asociación que busca promover y educar sobre la importancia de la donación de sangre, me permitió entender que los actos más sencillos pueden salvar miles de vidas. También, fui parte de Gente UDEM, un grupo encargado de dar la bienvenida a los estudiantes de primer ingreso, convencida de que un acompañamiento cercano puede marcar el inicio de una experiencia universitaria positiva y transformadora.

El servicio no conoce fronteras. En misiones médicas en los ejidos de Parras descubrí la fuerza de trabajar con comunidades que, a pesar de tener poco, lo comparten todo. Más tarde, en las misiones internacionales en África, confirmé que el eco de mis decisiones iba más allá de la medicina. Allí tuve la oportunidad de enseñar en la Escuela de Enfermería Santa María en Lukulu. La hermana Pat me dijo: “Para ustedes será poco enseñar urgencias médicas, pero aquí esos conocimientos pueden salvar miles de vidas”. Aunque yo pensaba que sabía poco, al dar esas clases y ver las sonrisas de los estudiantes descubrí una de mis más grandes pasiones: compartir lo que aprendo, ya sea de medicina, de la vida o de la espiritualidad. La experiencia en África me enseñó que con lo mínimo se pueden lograr cambios significativos. Según el Banco Mundial, mejorar la formación de un trabajador del sector salud en países en desarrollo puede impactar en promedio a dos mil personas por año, ya que ese conocimiento se multiplica en las comunidades. Además de lo médico, las misiones me dieron la oportunidad de enseñar a niños en Finder lo más básico, como colores, números y acciones en inglés. Ellos me llamaban Teacher Monde, un apodo en lengua silozi que significa “mundo”, recordándome que enseñar y servir trasciende las barreras del idioma y de la cultura. En esos momentos comprendí que educar también es sanar y que, a veces, un nombre basta para recordarnos la misión de abrazar el mundo entero. 

Foto de Tim Marshall en Unsplash

“El eco más fuerte de nuestras acciones no siempre está en lo que damos, sino en lo que dejamos encendido en el corazón de otros”. En México, el INEGI reporta que tres de cada 10 jóvenes participan en voluntariado y que quienes lo hacen tienen un 40 % más de probabilidad de continuar con prácticas solidarias en la adultez. Estos datos confirman que el servicio temprano es decisivo para formar ciudadanos comprometidos. En mi caso, cada paso ha sido parte de una construcción: la pasión por la salud pública, la ambición de transformar las políticas de salud y la certeza de que el desarrollo espiritual se refleja en la manera en que interactuamos con los demás. 

Hoy, sé que mis decisiones pasadas son semillas que germinaron en un presente de servicio, y no casualidades. El eco de mis acciones se refleja en cada brigada, cada misión y cada experiencia donde la medicina se une a la fe y a la educación. Ese eco no termina aquí: se proyecta hacia el futuro que quiero construir, uno en el que la salud y la dignidad humana estén en el centro de toda acción. Servir no es dar lo que sobra, es compartir lo que somos.