El hombre que escucha el planeta

Por: Javier Martínez Staines. Staff 360° UDEM

David Attenborough, el naturalista británico que este 2026 cumple 100 años, no cede y defiende su mensaje inquebrantable: vivimos en un lugar extraordinario y más nos vale cuidarlo.

Un adolescente de 12 años apareció una tarde en el Museo de Leicester, en Inglaterra, con una pequeña colección de fósiles. Buscó al encargado de la institución con el objetivo de venderle las piezas. Sin siquiera preguntar por el origen de los objetos, el funcionario quedó tan impresionado con la calidad de las piezas y la minuciosidad de la colección, que aceptó comprarlas.

A esa edad, David Frederick Attenborough sintió la emoción de ser parte de la comunidad científica de Gran Bretaña, aunque apenas era un chico que pedaleaba su bicicleta con los bolsillos llenos de piedras que él recolectaba con esmero en los márgenes de caminos y canteras de Leicester.

Este pequeño coleccionista de fósiles nació en Londres en 1926, aquel azaroso periodo de entreguerras. Su padre era director de la Universidad de Leicester, por lo que David creció literalmente en el campus, donde tenía a su disposición un terreno vasto para hacer lo que le apasionaba: coleccionar cosas raras. Otros niños acumulaban e intercambiaban estampas y canicas; él atesoraba fósiles, piedras extrañas y restos óseos de animales. 

Esa curiosidad intensa le condujo a organizar en casa su propio museo, con toda su colección etiquetada. La ciencia ya estaba en su ADN.

Imágenes: Cortesía

La voz de la conciencia

Decir David Attenborough es evocar inmediatamente esa voz grave, pausada y envolvente que convoca a generar complicidad. La BBC descubrió este talento casi por accidente. En los años cincuenta, Attenborough trabajaba en televisión, pero lejos de cámaras y reflectores, que distaban de parecerle atractivos. En realidad, era ratón de biblioteca sumergido en las oficinas administrativas, donde un productor descubrió su conocimiento erudito de la naturaleza y su facilidad de palabra, por lo que lo invitó a salir al aire. Una prueba, le dijo.

Ahí empezó todo. Lo primero fue Zoo Quest (1954), una serie en la que viajaba a rincones exóticos para mostrar animales jamás vistos en televisión. En plena era de la posguerra, con un Reino Unido gris y austero, Attenborough llevaba a los espectadores a selvas llenas de tucanes y aves coloridas, a ríos habitados por caimanes y a sabanas rebosantes de elefantes y felines. El lugar correcto en el momento correcto: la televisión se transformó en una ventana al planeta y David en su guía más carismático.

Hoy suma 70 años de carrera y varias decenas de documentales que, a través de imágenes muy pacientemente levantadas, poesía visual, conocimiento científico y llamados éticos, coinciden en un mensaje contundente: este planeta es nuestro único hogar.

La lluvia de reconocimientos no ha cesado a lo largo de su trayectoria: fue nombrado caballero en 1985, luego recibió la Orden de Mérito y, en 2020, en plena pandemia, la Reina Isabel II lo nombró “Sir David Attenborough, miembro de la Orden de San Miguel y San Jorge”, un título que más bien suena a caballero medieval, pero aplicado a un hombre que lucha con cámaras y palabras, jamás con espadas.

Ha ganado premios BAFTA en todas las categorías posibles (sí, incluso en reality digital), un Emmy honorífico y docenas de doctorados honoris causa. Pero su mayor mérito no tiene que ver con medallas, diplomas ni trofeos: su trabajo ha inspirado a generaciones enteras a estudiar biología, a reciclar, a volverse activistas ambientales o, simplemente, a mirar una mariposa o un murciélago con ojos distintos.

“El futuro del mundo natural depende de lo que hagamos en los próximos 10 años”

Familia, humor y activismo

Pocos recuerdan que David tiene un hermano famoso: Richard Attenborough, el actor que encarnó al dueño del parque en Jurassic Park y el director que ganó un Óscar por Gandhi. Material para confirmar que a veces los códigos genéticos traen talentos implícitos, Richard fue la estrella de Hollywood y David el explorador con micrófono. Siempre se mostraron una entrañable

admiración fraterna. Cuando Richard murió en 2014, David confesó que había perdido a su mejor consejero y cómplice.

David se casó en 1950 con Jane Oriel, con quien tuvo dos hijos. Ella falleció en 1997, un golpe del que él mismo ha confesado nunca haberse recuperado del todo. Desde entonces, su refugio ha sido la naturaleza, y quizá también la certeza de que, mientras cuente la historia del planeta, sigue dialogando con su propia memoria. La mejor manera de rendir honores a la compañera de su vida.

Aunque solemne en sus documentales, Attenborough tiene un encantador (y contagioso) sentido del humor. Alguna vez, en una entrevista, le preguntaron cuál era el animal más extraordinario que había visto. Contestó: “Los pájaros lira australianos, porque imitan hasta a las motosierras, aunque los estudiantes de biología son más raros que cualquier animal”.

Durante la filmación de Life on Earth, un gorila le tomó inesperadamente la mano. Él se quedó quieto, sin miedo, disfrutando el contacto con el enorme animal. La escena se volvió histórica. “En ese momento —recordaría después— sentí que el gorila y yo compartíamos algo que iba más allá de las palabras: una curiosidad mutua”.

Attenborough, durante décadas, evitó dar homilías ambientales. Se limitaba a mostrar la belleza del planeta, confiando en que la gente lo cuidaría al enamorarse de él a través de las imágenes y las historias. Con los años cambió de estrategia, porque consideró insuficiente estar detrás de cámaras y lejos del activismo: hoy, a sus casi 100 años, es una de las voces más firmes contra la crisis climática. En 2019, durante el Foro Económico Mundial de Davos, lanzó su mensaje: “El futuro del mundo natural depende de lo que hagamos en los próximos 10 años”. Y en A Life on Our Planet (2020), se confiesa: “Soy un hombre mayor, he visto casi todo lo que la naturaleza puede ofrecer, y también he visto cómo la hemos destruido. Este documental es mi testamento”.

No es un apocalíptico, sino un optimista informado o quizá más bien, a momentos, un cínico en la definición del autor portugués Fernando Pessoa: un pesimista feliz. Pese a tantas evidencias en contra, narradas por él mismo, cree que todavía hay tiempo, siempre y cuando cambiemos hábitos, sistemas y prioridades. Es decir, casi todo.

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Rapero, abuelo sabio y voz inextinguible

Un ícono cultural de este tamaño inevitablemente salta de la ciencia a la cultura pop. Bandas de música electrónica han sampleado su voz. La NASA nombró “Attenborough” a un barco de investigación (aunque internet prefirió bautizarlo como Boaty McBoatface). Hay camisetas con su rostro y tazas que dicen: “Attenborough is my homeboy”. Y en las redes sociales circulan memes con sus frases, convertidas en mantras de sabiduría ambiental. En 2022, apareció en un videoclip de Planet Earth II… con rap incluido. “David Superstar”. O “El rey David”. Como queramos llamarlo, pues cualquier cosa es endeble para la enorme repercusión que él ha tenido para nuestro único hogar: la Tierra.

Quizá su verdadero éxito radica en que no es un viejito regañón que se sube a un pedestal moral para pontificar, sino que encarna al abuelo sabio que te cuenta historias antes de dormir. En vez de hablar de dragones, hadas y espadachines, cuenta los misterios detrás de cada insecto, cada hongo, cada montaña. Y todos queremos un abuelo así. Nos enseña que basta con detenernos un instante para observar la naturaleza. En el mundo de la instantaneidad y el vértigo, es un acto casi revolucionario.

A sus casi 100 años, David sigue grabando, escribiendo, apareciendo en televisión. Su voz aún es nuestra brújula. No sabemos cuánto tiempo más lo tendremos, pero su legado es ya inconmensurable: una biblioteca audiovisual que será patrimonio de la humanidad.

Y, sobre todo, nos deja un mandato sencillo, pero profundo: “No olviden que ustedes forman parte de esta historia. No son espectadores. Son protagonistas de la vida en la Tierra”. Sí: tenemos el privilegio (quizá único) de vivir en un lugar extraordinario y vale la pena cuidarlo. No hay dónde ir, por más que otros personajes superfluos y sobrevalorados quieran ofrecernos otros planetas como alternativas.

¿Acaso alguien más puede erigirse como ese puente entre generaciones y especies que nos invita a mirar el mundo con asombro y responsabilidad?

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SIETE MANERAS DE DEFINIR A NUESTRO PLANET WHISPERER:

El animal que lleva su nombre: más de 40 especies descubiertas han sido bautizadas attenboroughii, desde dinosaurios hasta una mariposa.

Más famoso que un balón y una corona: en encuestas en el Reino Unido, David Attenborough ha llegado a superar en popularidad a la Premier League y a la Familia Real. 

El viajero eterno: ha visitado todos los continentes y filmado en más de 100 países. 

Fan de la música clásica: confiesa que escucha a Bach y Beethoven cuando escribe guiones.

El barco rebelde: el público votó para llamar Boaty McBoatface a un buque científico que finalmente recibió el nombre RRs Sir David Attenborough. 

Casi centenario al micrófono: sigue grabando documentales a los 99 años, demostrando que la curiosidad no envejece. Un asteroide en su honor: el Asteroide 1990 DA lleva oficialmente su nombre. 

PLANETA EN EPISODIOS

Estos son algunos de los documentales más célebres realizados y narrados por Attenborough: 

Life on Earth (1997): considerada una revolución en los documentales. 

The Living Planet (1984): un viaje a los ecosistemas de la Tierra. 

The Blue Planet (2001): donde nos enseña que los océanos esconden espectáculos más asombrosos que cualquier ficción. 

Planet Earth: que marca un antes y un después en la producción audiovisual por su despliegue técnico y narrativo. 

Our Planet: en alianza con Netflix, que conquistó nuevas generaciones. 

Y la lista sigue: Frozen Planet, Africa, Life in Cold Blood, Dynasties…