Food Design: experiencia, emoción y creación

Por: Abril Garza, Coordinadora del Departamento de Diseño y Multimedia; y Daniela Estrada, Directora del Programa Académico de Diseño Industrial.

Este momento del año puede sentirse incierto. El comienzo de la primavera, con sus luces, colores y tiempos, puede verse como un inicio un tanto forzado, una transición que puede vivirse de manera más orgánica. Durante esta época entendemos de forma distinta, podemos verla como un despertar sensorial que nos abre varias puertas a la experimentación y que justamente podríamos ligar a la creatividad.

Hace algunos años, en más de una ocasión, me hice preguntas como: ¿qué tan creativa soy?, ¿es posible la creatividad en mi profesión?, ¿es un talento que debo tener?

Sin embargo, al pasar el tiempo, mis propias vivencias y experiencias me han hecho reflexionar sobre lo que significa la creatividad en sí. Realmente no es un talento, ni algo difícil de alcanzar; sin embargo, sí es algo complejo de construir, porque es íntimo, personal.

En el día a día, resolvemos más conflictos de los que concientizamos. Tomamos más decisiones de las que nos damos cuenta, y todo eso implica creatividad.

Algo muy cotidiano como la preparación de nuestro café, se convierte en un proceso creativo: a veces fácil, a veces complejo. “¿Lo prepararé cargado hoy?”, “¿Lo tomaré con leche?”, “¿Caliente o frío?” Decidimos, lo preparamos, y obtenemos un café hecho con afecto, uno que no se podría comparar con nada. Un proceso simple pero hermoso.

Crédito: Foto de Anshu A en Unsplash.

Hay una sensación específica con el café. Además de hacer su efecto y despertarnos, cuando lo bebemos existe ese instante satisfactorio en el que decimos: “Qué bien quedó”, o tristemente todo lo contrario. Pero también concientizamos esa parte: el resultado de nuestra experimentación y lo que recae no solo en nuestro cuerpo, sino también en nuestras emociones.

Algo muy parecido sucede con la comida. ¿Qué tanto es un problema planear la comida de un día? ¿Podemos solo comer por comer? Eso puede nutrirnos físicamente, pero emocionalmente ¿cómo la estamos pasando?

En el ámbito de la cocina, estas preguntas sí pueden responderse. De hecho, pueden llevarnos a cuestionamientos más profundos. Y es que, si lo pensamos como una experiencia completa, el acto de comer modifica radicalmente el sentido que antes le dábamos; nos ayuda a construir uno nuevo, más personal. Elegir tu plato favorito, acomodar texturas, colores y sabores de la forma que a ti te gusta, todo suma a la manera en que te lo presentas. Es tu gran obra creativa, todo un diseño culinario.

Según Francesca Zampollo, el Food Design es “el proceso creativo, consciente y deliberado, que lleva la innovación a los seres vivos y al planeta en todo lo relacionado con la comida y el acto de comer: desde la producción, obtención, conservación y transporte, hasta la preparación, presentación, consumo y disposición final”.

De manera más concisa, Zampollo lo resume como: “Food Design is design applied to anything related to food and the act of eating”.

Crédito: Foto de Deepthi Clicks en Unsplash.

A lo largo de los últimos años, Francesca y otros autores han intentado definir esta disciplina, que continúa en construcción. Esto se debe a que el Food Design es, por naturaleza, una práctica profundamente interdisciplinaria. Podemos diseñar con la comida, para la comida, alrededor de la comida y sobre la comida.

Entonces, nos interesa reflexionar sobre una dimensión más sensible y cotidiana del Food Design:

¿Cómo nos hace sentir la comida y cuál es nuestra relación con ella?, ¿somos conscientes de su origen, de los procesos que la llevan hasta nuestra mesa y del impacto social, cultural y ambiental que genera cada decisión que tomamos al seleccionarla, prepararla y consumirla?

Más que una disciplina técnica, el Food Design nos invita a repensar nuestra manera de habitar el sistema alimentario desde la experiencia, la responsabilidad y el diseño. Aplicarlo con intención, elección y significado hace que la parte afectiva cobre más fuerza.

Desde lo simbólico y psicológico, cocinar y hacerlo para uno mismo es una forma de autocuidado. Nos ayuda a conectar y a mostrar afecto. ¿Has escuchado que la comida tiene memoria? Nos recuerda a nuestra casa, nuestra familia, a personas especiales.

La cocina puede ser un espacio para regularse emocionalmente. Cortar, mezclar, esperar que algo hierva. Hay ritmos, pausas, transformaciones visibles. Lo crudo se cuece. Lo disperso se integra.

Crédito: Foto de Ella Olsson en Unsplash.

Al consumirla, es decir, verla y comerla, algo en nosotros se repara. Se convierte en un acto de autocuidado. Nos invita a preguntarnos qué necesitamos y nos obliga a hacer elecciones. Ese acto de elegir es crear.

La propia elección, el reconocimiento de lo que necesitamos, puede albergar una forma de creatividad más honesta, íntima y propia.

Esta atención que ahora le ponemos a lo que consumimos nos invita a sostener este sentido de pertenencia que nace del afecto y de la historia de cada ingrediente que usamos. Valoramos los colores, sabores, posibilidades, gestos e intenciones.

Sí, todo esto dentro de un solo plato.

Y tú, ¿te animas a concientizar la creatividad y la historia en cada una de tus comidas?