
Nacionalismos, patriotismos… ¿extremismos?
Por: Alonso Castorena.
Un análisis a los límites del orgullo
El mundo en la actualidad es testigo del resurgimiento de los nacionalismos y patriotismos extremos, encarnados en una larga lista de figuras que van desde Trump, Maduro y Milei en América, pasando por Putin, Meloni y la AFD en Europa, hasta Netanyahu y Kim Jong-un en sus respectivas partes de Asia. Estos movimientos, aunque distintos en sus manifestaciones, comparten un denominador común: una exaltación de la identidad nacional o regional que, entremezclada con el orgullo, se convierte en fanatismo.
Si prestamos atención, es posible reconocer cómo el orgullo patrio se puede identificar con el fervor religioso, la pasión por un equipo deportivo o la lealtad absoluta a una determinada ideología racial o política. En el pasado, los caballeros medievales podían encontrar el sentido de su existencia en el sacrificio por su rey y su reino. Hoy, muchos están dispuestos a hacer lo mismo, pero bajo otros estandartes. La pregunta clave es: ¿cuándo este orgullo se convierte en extremismo?
A lo largo de la historia, los discursos basados en la patria o la identidad nacional y regional han sido utilizados tanto para la unificación de pueblos como para la justificación de conflictos. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y, más recientemente, la polarización política global y los conflictos en Palestina y Ucrania son ejemplos de cómo la exaltación de la identidad puede derivar en la opresión violenta de los otros. La globalización, lejos de mitigar estas tendencias, como era la esperanza de otros aparatos políticos como la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas, las ha exacerbado en ciertos sectores que ven en la integración mundial una amenaza a sus valores tradicionales.
Así, el discurso de la soberanía nacional y el orgullo patrio han sido instrumentalizados para fortalecer líderes que se presentan como defensores de la “autenticidad” o “pureza” de sus pueblos, a menudo a costa de la exclusión de otros.

El territorio como base del orgullo extremo
Los nacionalismos, regionalismos y patriotismos comparten una base territorial. Aunque solemos concebirlos en términos ideológicos y políticos, en el fondo ambos remiten a un espacio físico. Sin duda, el territorio y el lugar donde nace una persona son factores de identidad, pero también pueden volverse fuentes de conflicto cuando se convierten en el eje de un discurso excluyente. La exaltación de la patria, de la identidad nacional o la región no es solo una cuestión de tradiciones y cultura, sino también una delimitación de lo que entendemos como un “nosotros” frente a un “ellos”.
Según Teun A. van Dijk, uno de los analistas del discurso más reconocidos, una ideología siempre diferencia un nosotros de un ellos, lo que nos obliga a preguntarnos: ¿es el orgullo un sentimiento geográfico o una construcción mental? En muchos casos, la noción de pertenencia es más simbólica que real, y las fronteras que dividen a los pueblos suelen responder más a las narrativas políticas que a lo que se muestra en los mapas.
Los casos históricos de Irlanda, Cataluña y el País Vasco con sus búsquedas de independencia, así como los movimientos separatistas en Escocia y Quebec, son ejemplos de cómo el sentido de pertenencia a una región puede entrar en conflicto con la identidad nacional y derivar en situaciones violentas.
En estos casos, el territorio se convierte en un símbolo de lucha, donde el orgullo por una historia y una cultura propias se enfrenta a las estructuras políticas establecidas. Estos movimientos muchas veces se enfrentan a una contradicción; al buscar mayor autonomía, ellos mismo terminan por reproducir los esquemas de exclusión que suelen criticar en los nacionalismos más amplios.
La geopolítica ha jugado un papel crucial en la exacerbación de los sentimientos nacionalistas o patrióticos. Las disputas por territorios estratégicos como Crimea, Palestina o Taiwán demuestran que el orgullo por la tierra puede convertirse en un argumento para la guerra y el abuso de los derechos humanos. En estos conflictos, la historia, la economía, la religión y la política se entremezclan para justificar la invasión, anexión o posesión legítima de un territorio, ignorando la complejidad y diversidad cultural y social que lo conforman en realidad.

Discurso y territorio: el cruce entre identidad y espacio
Los orgullos nacional, regional o patriótico son, en esencia, discursos. Este tipo de discursos son lo que otorgan significado a un territorio y la pertenencia a él, definiendo a sus habitantes en oposición a otros. Sin embargo, la pertenencia a una tierra es una realidad material que no requiere de justificaciones ideológicas, lo que precisamente sucede cuando se manipula el discurso para hacer del orgullo una herramienta de dominación o exclusión.
A lo largo de la historia podemos encontrar múltiples ejemplos donde la retórica patriótica ha sido utilizada para justificar guerras, posturas xenofóbicas o políticas discriminatorias. En este sentido, los discursos extremistas no son más que una forma de imponer una visión particular del territorio y su gente a expensas de otros.
La principal manifestación de estos discursos los encontramos en la política, donde la propaganda se apoya en el nacionalismo para manipular a las masas. Durante el nazismo, por ejemplo, la narrativa de la superioridad racial coincidía con el orgullo nacional, lo que llevó a uno de los episodios más oscuros de la humanidad. En la actualidad, el auge de las ultraderechas en Europa y América Latina, así como otros movimientos también basados en una idea exacerbada de la nación, apelan a una noción idealizada de la pertenencia a un territorio, lo que les permite justificar políticas radicales y excluyentes bajo los argumentos de la seguridad nacional o la defensa de valores tradicionales.
En ocasiones, los discursos relacionados con el orgullo nacional o patriótico se manifiestan en campos distintos a la política, como el deporte. En los mundiales de futbol, el orgullo por la bandera se convierte en una competencia entre naciones. Aunque en apariencia inofensivo, este fenómeno también puede derivar en comportamientos extremistas, como la violencia entre bancadas o la discriminación de jugadores por su origen.
Estos discursos tienen especial relevancia en el ámbito educativo, donde los sistemas de enseñanza inculcan una visión particular de la historia y la identidad nacional, cuya narrativa maniquea de héroes y villanos termina por reforzar la idea de que en el mundo hay buenos y malos, nosotros y ellos. Enseñar a las infancias estas historias no es negativo en sí mismo, el problema es cuando la historia se imparte sin una perspectiva crítica o matizada y la identidad que se construye en torno a ella termina por derivar en una postura sesgada que invisibiliza otras perspectivas y fomenta una idea de superioridad sobre otras naciones o regiones.
El orgullo de coexistir
Para acabar con los extremismos territoriales es necesario preguntarnos primero: ¿qué nos enorgullece de nuestra identidad? El orgullo de pertenecer a una región o nación no debería fundarse en la exclusión o superioridad, sino en la capacidad de coexistir y convivir con otros. Según las ideas de Adolfo Sánchez Vázquez, el célebre filósofo mexicano, la verdadera fuerza de una identidad y del progreso moral no está en su imposición, sino en su apertura y su capacidad de integrar diferencias. En lugar de buscar motivos para dividirnos, podríamos encontrar en la diversidad la mejor expresión de nuestra individualidad y colectividad. Esperemos que, en el futuro, el mayor orgullo de una comunidad no sea su capacidad de distinguirse de las demás, sino su habilidad para coexistir en paz.
¿Es posible construir un patriotismo incluyente, donde el amor por la tierra no implique el desprecio por otros pueblos y culturas? Es una pregunta compleja, y tal vez no le llamaríamos patriotismo a ese sentimiento aún desconocido. A lo que sí podemos aspirar es a derribar los muros levantados y encontrar en la cooperación internacional, o interregional, un motivo de orgullo. Esfuerzos de integración regional como la Unión Europea, sin estar exentos de críticas o conflictos internos y externos, son ejemplos de cómo es posible sentir orgullo por una identidad compartida y salir adelante como miembros de una misma región.
El reto no consiste en eliminar el orgullo nacional o regional, sino en transformarlo. Un orgullo territorial saludable es aquel que fomenta el respeto por la diversidad, la justicia social y la paz. Si logramos que el orgullo de pertenecer a una ciudad, región o país no dependa de su capacidad de imponerse sobre otras, sino de su habilidad de contribuir al bienestar general, habremos avanzado en la búsqueda de una solución al problema del nacionalismo extremo.

