Relaciones parasociales: ¿acompañamiento o dependencia?

Por: Abril Garza, Coordinadora del Departamento de Diseño y Multimedia

Son las 9:00 a.m. en un día que parece ordinario: tu artista favorito anuncia en redes sociales un nuevo álbum que llegará en unos meses. De pronto empiezas a imaginar el estilo de las canciones, la narrativa y una posible gira. Esperas lo mejor, conectas, te vinculas casi de inmediato con la publicación y, aún más, con esa personalidad que tanto admiras. Le escribes para agradecerle y te sumas a los tres millones de likes. Te sientes conectado. Hay algo más que la simple interacción: una mezcla de adrenalina, felicidad y, por momentos, angustia, todo al mismo tiempo.

En un mundo en el que todo (y todos) parecen estar conectados, la soledad no ha desaparecido: ha evolucionado. Las redes sociales nos ofrecen una promesa de cercanía, interacción y comunidad, pero también han dado lugar a nuevas formas de vínculo que cuestionan los límites entre lo íntimo y lo público, entre lo real y lo imaginario.

Crédito: Foto de Anthony DELANOIX en Unsplash.

Muchas personas sienten que conocen profundamente a alguien a quien jamás han visto en persona. Aprecian y admiran lo que esa figura muestra, conocen sus gustos, reacciones y opiniones sobre diversos temas. Sin embargo, la relación no es compartida. De hecho, la persona admirada ni siquiera conoce la existencia del admirador como individuo. Este tipo de conexión, cada vez más común en la era digital, se conoce como relación parasocial.

Las relaciones parasociales son vínculos que una persona desarrolla con alguien a quien conoce a través de los medios, pero que no son recíprocos. Es decir, una persona experimenta cercanía, identificación o afecto, mientras que la otra no la conoce personalmente ni responde desde el mismo lugar.

A diferencia de las relaciones parasociales, las relaciones recíprocas implican un ir y venir. En ellas existen demandas, intercambios activos y, con ello, la posibilidad de experimentar bienestar con el otro, pero también malestar. Hay espacio para el afecto, así como para la frustración y la decepción conscientes. Aun así, estas experiencias aportan a la construcción y elaboración del vínculo.

A partir de aquí surgen algunos cuestionamientos: ¿es posible sentir una relación cercana con alguien que no nos conoce? ¿Qué tipo de vínculo se construye cuando hay comunicación constante y, aparentemente, fluida pero no recíproca?

Crédito: Foto de Joel Muniz en Unsplash.

Estas preguntas nos acercan al fenómeno parasocial, que se ha intensificado con la globalización y el uso cotidiano de las redes sociales. Los medios tradicionales —televisión, radio y periodismo— han evolucionado hacia formatos que producen una sensación de mayor cercanía. Los “en vivo” y las historias en distintas plataformas reducen la distancia con las figuras admiradas hasta hacerla parecer casi inexistente.

Es justamente en este contexto donde la fantasía de la relación se sostiene con mayor fuerza. El admirador invierte tiempo, dinero, atención y afecto porque se siente acompañado por una figura pública que habla en sus historias como si se dirigiera a un amigo cercano. 

Formar parte del canal personal de ese personaje puede vivirse como si se tratara de un chat privado. Vemos a la persona expuesta, pero no nos exponemos del todo del otro lado de la pantalla porque, primero, no podemos y, segundo, probablemente no queremos.

Si bien este tipo de vínculos puede aportar un sentido de pertenencia, protección, proyección, seguridad e identificación, también existe el riesgo de caer en una dependencia emocional. Precisamente porque se vive como un vínculo “seguro”, sin demandas directas ni confrontaciones, puede resultar poco disruptivo. No obstante, aquello que se experimenta como conexión puede generar confusión cuando se analiza más de cerca y aparecen preguntas como: ¿hasta dónde puede llegar este vínculo?, ¿qué lugar ocupa en nuestra vida emocional?

Crédito: Foto de Collabstr en Unsplash.

Pensar las relaciones parasociales únicamente como algo negativo sería simplificar en exceso un fenómeno complejo. En muchos casos, estos vínculos funcionan como un acompañamiento simbólico: ofrecen consuelo, inspiración o un sentimiento momentáneo de no estar solos. Pueden convertirse en una fuente de motivación, creatividad o incluso en un puente hacia otros vínculos reales, como comunidades de fans o espacios de intercambio social. Desde esta perspectiva, no se trata de negar su existencia ni de patologizarlas automáticamente, sino de comprender la función que cumplen en la vida psíquica de cada persona.

La línea entre acompañamiento y dependencia aparece cuando el vínculo parasocial comienza a ocupar un lugar central, desplazando relaciones recíprocas o funcionando como único sostén emocional. Cuando la ilusión de cercanía reemplaza el encuentro con el otro real, con sus límites, diferencias y frustraciones, el riesgo no está en la figura admirada, sino en la dificultad para tolerar la falta y la incompletud propias de todo vínculo humano. 

Reconocer esta diferencia permite preguntarnos no tanto por el objeto de la admiración, sino por la necesidad que se juega detrás: ¿qué buscamos en esa presencia constante que no nos exige nada?, ¿qué nos resulta más seguro de una relación que no puede respondernos? Desde ahí, las relaciones parasociales dejan de ser solo una curiosidad de la era digital y se vuelven una vía para pensar nuestras formas contemporáneas de vincularnos.