Sobre fotografiarlo todo

Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM

Durante mis años como estudiante universitaria, la fotografía fue uno de mis principales intereses. En ese entonces, hace más de veinticinco años, la imagen no era inmediata: cada disparo implicaba decidir, cada rollo tenía un límite y el revelado suponía un proceso técnico que exigía paciencia, conocimiento y cierta dosis de incertidumbre. 

Con el tiempo, mi camino profesional se orientó hacia la administración y la gestión del arte, y con ello mi vínculo cambió: pasé de producir imágenes a observarlas, consumirlas y pensarlas. Quizá por eso, cuando se me propuso reflexionar sobre este tema, la pregunta apareció con claridad: si hoy podemos fotografiarlo todo, ¿eso significa que tenemos más recuerdos o es todo lo contrario?

Desde su invención en el siglo XIX, la fotografía ha sido un medio utilizado para documentar, comprender e interpretar el mundo. Su fuerza no es solo capturar la realidad, sino hacerla visible, transportarla a quienes no estuvieron ahí y convertirla en algo capaz de ser compartido, y también asumir la responsabilidad de registrar lo que duele y lo que incomoda, para que no quede fuera de la memoria.

Créditos: Cortesía.

Si retrocedemos a sus inicios, la fotografía nace de un gesto casi experimental: la cámara oscura y la primera imagen lograda en 1827 por Joseph Nicéphore Niépce, quien, tras horas de exposición sobre una placa recubierta de betún, consiguió hacerla en lo que llamó heliografía. Más tarde, en colaboración con Louis Daguerre, estos procesos evolucionaron hacia el daguerrotipo, reduciendo tiempos y afinando la técnica. Hay algo profundamente significativo en ese principio: la imagen no era inmediata, sino el resultado de espera, ensayo y persistencia. Quizá por eso resulta inevitable preguntarse si aquellos primeros visionarios imaginaron la magnitud que tendría su invención. Les debemos no solo una técnica, sino una forma de relación con el mundo; aunque difícilmente habrían anticipado que con el tiempo dejaría de ser un acto singular para convertirse en un gesto cotidiano y casi automático.

Hay imágenes que condensan épocas completas y momentos decisivos (La caída del Muro de Berlín, La niña afgana, el Tank Man, El retrato de Amelia Earthart…) que se convirtieron en símbolos porque no solo muestran lo ocurrido, sino que nos llevan al recuerdo. Se dice que una imagen vale más que mil palabras, esta frase puede sonar gastada, pero viene al caso pronunciarla, pues lo visible nos toca distinto, vuelve menos abstracta la historia y más cercana la experiencia humana.

Además de lo histórico, está lo íntimo. La fotografía ha sido un archivo emocional: retratos familiares, bodas, viajes, momentos importantes y también gestos mínimos como miradas, complicidades, espacios, que con el tiempo adquieren un valor inesperado. En teoría, estas imágenes sostienen la memoria: nos permiten volver a quienes amamos, a los lugares visitados y a lo vivido.

Créditos: Cortesía.

En ese sentido, la imagen ha operado como resistencia frente al olvido, apunta a una cierta permanencia, mientras que la memoria humana es frágil, cambiante, selectiva. Sin embargo, incluso ese gesto supone tomar decisiones: qué se encuadra, qué se deja fuera, desde dónde se mira y, así, hacer un registro visual se convierte en una forma de interpretar. 

Hoy el contexto ha cambiado radicalmente. La cámara ya no es un objeto exclusivo, pues tenemos acceso a los teléfonos inteligentes con cámaras de gran calidad. Capturar, editar y compartir es inmediato, casi automático, lo que puede llevar a la acumulación pues vamos registrando miles de imágenes que se superponen unas a otras y terminan por hacerse invisibles.

Esto se intensifica con las redes sociales, en ellas la fotografía se vuelve lenguaje inmediato, no solo guarda recuerdo, sino que construye una versión de nosotros mismos. La selfie, por ejemplo, no es solo un autorretrato; es una afirmación que también proyecta ideas, identidad y emoción.

Pero en el escenario actual nunca había sido tan fácil documentar lo que ocurre, acontecimientos que antes podían quedar invisibles hoy circulan en tiempo real. Pero esa misma velocidad tiene riesgos: imágenes sin contexto, fragmentadas, susceptibles a la manipulación, ya que ahora los registros viajan más rápido que su significado y en ese trayecto cada imagen deja de ser personal para convertirse en algo público.

En muchos casos las fotografías no sustituyen el rememorar, sino que lo detonan: permiten que emerjan detalles y emociones que la memoria por sí sola habría dejado en segundo plano.

Créditos: Cortesía.

Sin embargo diversas investigaciones en psicología cognitiva han señalado un fenómeno paradójico: tomar fotografías puede, en ciertos casos, debilitar la remembranza del propio acontecimiento. Este efecto, conocido como photo-taking impairment effect, sugiere que al registrar un instante el cerebro tiende a externalizar el recuerdo, delegándolo al dispositivo en lugar de procesarlo plenamente. Es decir, confiamos en que el archivo que vamos haciendo recordará por nosotros. A esto se suma que la acción misma de capturar un instante puede interrumpir la atención: estamos ahí, pero sin vivirlo plenamente. 

Entonces, si fotografiarlo todo no garantiza recordar, tenemos que ampliar la reflexión y pensar que quizá no se trata de producir más imágenes, sino de recuperar la elección. Volver a mirar antes de capturar. Permitir que algunas experiencias permanezcan fuera de la galería de nuestro teléfono, pero no por ello fuera de la memoria.

Pero también implica asumir que hoy la fotografía posee un alcance que antes no existía: puede circular, ser vista, interpretada y compartida por otros. En ese sentido, fotografiar no es solo un gesto íntimo, sino también una forma de participar en lo público.

Porque recordar no es acumular, sino dar sentido a lo vivido y, por ello, la fotografía podría recuperar su fortaleza: no como sustituto de la memoria, sino como un gesto consciente para sostenerla, y también como una decisión que implica detenerse y pensar antes de capturar.

El poeta Paul Géraldy dijo: “Llegará un día en que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”. Y, en palabras de W. Eugene Smith: “La fotografía podría ser esa tenue luz que modestamente nos ayudará a cambiar las cosas”.