Un balón que une fronteras: El mundial 2026 y la diplomacia en el futbol

Por: Gabriel Saiz Llorente. Estudia el 9° semestre de la Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación. UDEM.

En un contexto mundial marcado por divisiones políticas, conflictos comerciales y debates migratorios, sabemos que el deporte, y particularmente el fútbol, tiene el potencial de fungir como un espacio simbólico de unión. El Mundial 2026 de la FIFA será el primero organizado de manera conjunta por tres naciones: México, Estados Unidos y Canadá, un precedentes que pone los ojos del mundo sobre los tres países y lo convierte en un experimento de cooperación grupal de alto nivel. 

¿Puede un evento deportivo contribuir a mejorar las relaciones entre países con diferencias históricas? ¿Cuáles son los costos y beneficios reales detrás del show futbolístico?

El mundial más grande de la historia: escala, retos e implicaciones

Por su magnitud, es algo que no tiene registros dentro del mundo del fútbol. Se ampliará el formato: 48 selecciones, lo que dará pie a 104 partidos en total. México aportará tres ciudades sede (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey), Estados Unidos tendrá 11 y Canadá aportará dos (Vancouver y Toronto). 

En cuanto a logística y organización, esto implica coordinación multinacional en transporte, seguridad, migración, infraestructuras y transmisiones mediáticas. 

Para México, esto representa una gran oportunidad, ya que será el primer país que organice tres copas del Mundo (1970, 1986 y 2026). 

A través de competencias, atletas o eventos, los países pueden proyectar valores, fortalecer vínculos con públicos extranjeros y “suavizar” tensiones políticas. 

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Diplomacia deportiva

Según ResearchGate, la diplomacia deportiva se entiende como el uso del deporte como herramienta de relaciones públicas, proyección cultural y construcción de imagen internacional. Se considera un subcampo de la diplomacia pública. A través de competencias, atletas o eventos, los países pueden proyectar valores, fortalecer vínculos con públicos extranjeros y “suavizar” tensiones políticas. Algunos autores advierten que no siempre es un camino lineal hacia resultados diplomáticos profundos. 

Es más una forma de soft power con posibilidades y límites. 

Entre los ejemplos históricos de este ámbito, podemos encontrar grandes eventos deportivos que han sido usados por los países anfitriones como método para mejorar su imagen ante del mundo, atraer turistas y mostrarse como lugares modernos (por ejemplo los juegos Olímpicos de Tokio en 1964 o de Beijing en 2008). 

Sin embargo, dentro del mundo del fútbol, algunos estadios o eventos han servido como escenario simbólico de corrupción, teniendo como ejemplo perfecto el Mundial de Sudáfrica 2010, cuya organización dejó estadios poco utilizados posterior al gran evento. 

Aunado a la diplomacia deportiva, es común hablar de sports washing o blanqueamiento deportivo. Este fenómeno ocurre cuando un gobierno utiliza eventos deportivos para lavar su imagen o desviar la atención de problemas internos que existen en su país. Ejemplo de esto es el gobierno de Catar, encargado de organizar el Mundial en 2022. 

¿Cómo conseguir resultados diplomáticos positivos?

Según estudios recientes, para que la diplomacia deportiva funcione hacia objetivos más profundos, se necesita un modelo que traduzca la visibilidad del evento en interacción duradera, diálogo institucional, intercambios culturales y propuestas de cooperación posteriores al evento (ámbito económico, cultural y educativo). También es fundamental que la población vea beneficios reales en diferentes campos (infraestructura, empleo, cultura) para que el impacto simbólico se sienta en lo cotidiano. 

De acuerdo con el portal Inside de FIFA, para Canadá se estima que la operación del  Mundial generará un balance económico positivo de 3.8 millones de dólares canadienses. En Estados Unidos, algunos condados como Los Ángeles estiman un impacto de 594 millones de dólares por los partidos allí celebrados (incluyendo gastos de visitantes), con unos 34.9 millones en recaudación fiscal local. 

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No todo será color de rosa para los organizadores

Sin embargo, es importante no dejarnos llevar o impresionar por las cantidades mencionadas, ya que también están los costos y los desafíos negativos. En cuanto a la infraestructura (estadios, transporte, tecnología), los costos de inversión pueden ser muy elevados y generar deudas para los países anfitriones, algo que México claramente no necesita. A estos factores se suma el aumento de precios que habrá en el hospedaje, el transporte y los alimentos y bebidas a consumir durante los partidos del mundial. 

Esto sin mencionar los riesgos de sobreestimar los ingresos que el torneo puede generar. Es lo que le pasó a la FIFA durante el Mundial de Clubes, el cual se jugó en Estados Unidos durante el verano de 2025, y que dejó escenarios de estadios visiblemente vacíos debido a las impactantes olas de calor, a pesar de contar con la presencia de equipos como Real Madrid, PSG, Chelsea o Juventus. 

Cómo hacer que el Mundial tenga un resultado positivo para los tres organizadores

Para que la “amistad” y cooperación entre esta trifecta sea algo más allá del torneo, es muy importante que los gobiernos colaboren también para plantear y diseñar estrategias posteriores al mundial. Estas pueden traducirse en acuerdos culturales, intercambios deportivos, programas de infraestructura compartida u otras iniciativas. 

En busca de mejorar la imagen de cada gobierno, también es fundamental que se fomente la transparencia en el uso de recursos y rendición de cuentas hacia la ciudadanía. Con el objetivo de que los territorios de cada país se vean realmente cambiados para bien, la inversión tiene que ser equitativa para que los beneficios traspasen los grandes centros urbanos. 

Balón dentro y fuera de la cancha

El Mundial 2026 será un acto simbólico de diplomacia deportiva para los países de América del Norte. Si bien no puede garantizar resultados políticos profundos, tiene el potencial de proyectar un mensaje de unidad, cooperación e intercambio cultural entre México, Estados Unidos y Canadá, en medio de conflictos comerciales y de intereses. 

No obstante, estos efectos simbólicos deben acompañarse de acciones concretas, transparencia y visión a largo plazo para que la experiencia no quede solamente en goles, estadios y celebraciones. 

En última instancia, el balón puede unir fronteras, pero la continuidad de esa unión dependerá de lo que ocurra fuera de la cancha. 

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