Rituales para la creatividad

Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM 

Hace algunos meses escribía en este mismo espacio que la creatividad no es un talento reservado para los artistas o creadores, sino una capacidad humana que todos podemos cultivar. También proponía algo sencillo: hacer espacio para crear y reservar un momento para dibujar, escribir, tomar fotografías o experimentar con algún material sin preocuparnos demasiado por el resultado.

Reservar ese espacio es un buen comienzo pero, ¿cómo lograr que la práctica creativa deje de ser un intento aislado y se convierta en parte de nuestra vida? Una posible respuesta está en construir pequeños rituales que nos ayuden a volver, una y otra vez, al acto de crear, en lugar de esperar a que la inspiración aparezca por sí sola.

Existe una idea muy arraigada sobre el proceso creativo: solemos imaginar al escritor frente a la ventana esperando la frase perfecta o al pintor iluminado por un momento de genialidad (como quien espera la llegada de las musas). Sin embargo, cuando conocemos un poco más sobre la vida de los artistas descubrimos que la mayoría preparaba las condiciones para recibir la inspiración.

El escritor Mason Currey dedicó años a investigar cómo trabajaban 161 artistas, escritores, científicos y pensadores para su libro Daily Rituals: How Artists Work. Al revisar los casos que documentó, encontró algo en común: la mayoría había desarrollado prácticas cotidianas que les ayudaban a entrar en el estado mental necesario para crear. También observó que no hay una fórmula clara, algunos lo hacían de madrugada, otros por la noche; unos necesitaban silencio absoluto y otros convivían con el caos. Pero, más allá de las diferencias entre sus rituales, todos compartían una característica: realizaban alguna acción que marcaba el inicio del tiempo dedicado a la creación y lo separaba de las actividades cotidianas.

Crédito: Foto de K Nagahashi en Unsplash.

Maya Angelou, escritora, poeta, activista y cantante, alquilaba una habitación de hotel casi vacía para escribir. Retiraba los cuadros de las paredes y llevaba únicamente una libreta, una Biblia, un diccionario y algo de beber. Lo importante no era el lujo del espacio, sino evitar las distracciones. El escritor Haruki Murakami construyó su creatividad sobre la repetición, pues durante los periodos de escritura se levanta a las cuatro de la mañana, escribe varias horas, se ejercita y termina el día temprano. Ha explicado que repetir esa secuencia diariamente le permite entrar en un estado mental propicio para continuar escribiendo.

Los rituales de otros artistas pueden parecer incluso extraños. Se dice que Beethoven preparaba su café contando exactamente sesenta granos antes de comenzar a trabajar. La coreógrafa y ex bailarina Twyla Tharp afirma que su ritual creativo no empezaba en el estudio de danza, sino en el momento en que llamaba al taxi que la llevaría hasta allí. El pintor Francis Bacon, en cambio, trabajaba rodeado de un estudio caótico porque encontraba en ese aparente desorden el ambiente para estimular y conectar.

Estos rituales marcan la transición entre la vida cotidiana y el tiempo dedicado a la creación. Como menciona el escritor Wes Adamson: “Los rituales son como transmisores eléctricos que envían chispas estimulantes de corriente eléctrica o sentimientos inspiradores que nos conectan con nuestro ser interior o alma”. No se trata solo de reservar tiempo sino de disponer la mente para entrar en otro modo de acción.

Pero, ¿qué es un ritual? Encontré un artículo de la TATE que reflexiona sobre el tema y lo explica como una actividad que suele seguir un patrón establecido y que, por lo general, implica una serie de acciones, palabras u objetos. También menciona que suelen repetirse de manera periódica, ya sea diariamente, semanalmente, anualmente o en ocasiones especiales, y nos ayudan a dar estructura y significado a determinadas experiencias.

Crédito: Foto de Ire Photocreative en Unsplash.

La palabra ritual suele asociarse con ceremonias solemnes o religiosas, como graduaciones, bautizos o procesiones. Sin embargo, también puede referirse a prácticas habituales como compartir una comida familiar cada domingo, salir a correr el sábado por la mañana o servirse una bebida antes de comenzar a trabajar. Un ritual contiene gestos que se realizan de manera consciente, otorgándoles un sentido particular, un significado y una intención, lo cual difiere de una rutina que solo organiza nuestras actividades o una serie de acciones para obtener un resultado práctico. 

En el contexto creativo, este tipo de preparación ayuda a dejar atrás los pendientes y el ruido del día a día para concentrar la atención hacia una hoja en blanco, un lienzo, un instrumento musical o una cámara. En los ejemplos de artistas y creativos, el ritual en sí no se concibe como un punto para atraer la inspiración como si se tratara de un acto mágico, sino para eliminar una de las mayores barreras de la creatividad: la dificultad de empezar. Cuando repetimos una acción en el mismo lugar, a la misma hora o precedida por el mismo gesto, se dice que el cerebro aprende a reconocer ese contexto como una invitación al trabajo creativo. Ya no tiene que decidir cada día si va a crear; simplemente entra en acción.

Algunas investigaciones en el campo de la psicología sugieren que los rituales pueden ayudar a reducir los síntomas de ansiedad y el estrés asociados con la incertidumbre. Pueden ofrecer una sensación de previsibilidad y consistencia en tiempos complicados. También se suele decir que los rituales están ligados a nuestros valores y, como tales, pueden ayudarnos a reconectar con nuestro sentido de identidad y con lo que es significativo en nuestras vidas. 

Por eso, quizá el error más común sea pensar que primero debemos sentirnos inspirados. La experiencia de muchos artistas sugiere que primero aparece el hábito y la inspiración llega mientras trabajamos. Como escribió Mason Currey, un ritual sólido ayuda a evitar “la tiranía de los estados de ánimo”. Cuando existe, ya no dependemos exclusivamente de sentirnos motivados. El trabajo comienza porque hemos aprendido a reconocer el momento de hacerlo.

Esto también explica por qué tantas personas abandonan una práctica artística después de unos días. Esperan resultados inmediatos. Si el dibujo no se parece a lo que imaginaron o las palabras no fluyen, concluyen que “no son creativas”. Sin embargo, la práctica artística nunca ha consistido en producir una obra extraordinaria todos los días. Consiste, sobre todo, en regresar. Volver al cuaderno. Volver al pincel. Volver a la cámara. Volver incluso cuando la página permanece en blanco.

Crédito: Foto de Vitaly Gariev en Unsplash. 

No necesitamos un estudio perfecto, una habitación de hotel ni copiar lo que otros hacen. Cada persona puede construir sus propios rituales: preparar una taza de café antes de escribir, caminar antes de dibujar, escuchar alguna pieza musical, etc. En una comunidad universitaria esta idea resulta valiosa. Construir un hábito creativo significa entrenar la observación, la paciencia, la curiosidad y la capacidad de descubrir conexiones nuevas. Escribir unas líneas en un diario, fotografiar un detalle de uno de los edificios del campus, experimentar con la cerámica o llenar una libreta de dibujos rápidos también son maneras de aprender a mirar con más atención.

Hacer espacio para crear sigue siendo indispensable. Pero quizá ese espacio solo se vuelva verdaderamente fértil cuando aprendemos a regresar a él una y otra vez. Los rituales no producen la creatividad por sí mismos; crean las condiciones para que aparezca. Son una manera de recordarnos cada día que la imaginación también necesita un lugar, un tiempo y un gesto que le diga: “ahora es momento de iniciar”.

“Cualquier ritual es una oportunidad para la transformación. Para realizar un ritual, debes estar dispuesto a transformarte de alguna manera. La voluntad interior es lo que da vida al ritual.”

— Starhawk, escritora y activista.