La obsesiva medición de toda nuestra vida: ¿A qué se debe este narcisismo (digital)?

Por: Santiago Camarillo. Estudia el 8° semestre de la Licenciatura en Filosofía y en Estudios Humanísticos y Sociales. UDEM.

Imagina la siguiente situación. Es el día en que te dicen cómo te fue en tu examen más difícil del parcial. El profesor llega y te dice un número que, como apenas pasa del siete, te hace sentir francamente desilusionado. Si sentías que manejabas tan bien los temas de la materia, ¿por qué te fue tan mal?

Después de tus clases, mientras estás aburrido, abres Instagram. Te llegó una notificación de un like que alguien dio a la foto que subiste. Y cuando te fijas en la cantidad de reacciones que tiene, te sientes mejor y te convences de que cada vez eres mejor fotógrafo (¿por qué otra razón a tu publicación le iba a ir mejor que a la anterior?).

Finalmente, antes de dormir, abres Duolingo para mantener tu racha de 364 días aprendiendo francés; ¡bien hecho! Tu aprendizaje del idioma va en aumento. Sí, acabo de plantearte una situación hipotética, pero mira a tu alrededor y dime si no es muy distinta a la realidad. Al fin y al cabo, muchos aspectos de nuestra vida son medidos constantemente y, sobre todo, reducidos a números. Vivimos contando las calorías que consumimos, los pasos que damos, los días que somos constantes en aprender un idioma, etcétera. De esta manera, hablar de lo que es un buen estudiante, una buena publicación o un buen trabajo es hablar de calificaciones, likes y salario, respectivamente. 

Surge, entonces, la clásica pregunta que se hace tanto el filósofo como el niño: ¿por qué? En este caso particular, ¿por qué esa obsesión por medir toda nuestra vida? Esta cuestión puede abordarse desde muchos ejes. Esbozamos algunas ideas a continuación. Ya el historiador Jerry Z. Muller, en su texto La tiranía de las métricas, hace un análisis sobre cómo socialmente se ha privilegiado la medición cuantitativa para evaluar distintos ámbitos de la vida. De acuerdo con él, hemos caído en una fijación de las métricas: un discurso que parte de la idea de que hay una relación entre medición y mejora. Esta narrativa, según este autor, asocia los indicadores de desempeño y desarrollo con los conceptos de neutralidad y transparencia. Cuestionaremos estas premisas, pero antes hay que entender de dónde vienen.

Un poco de historia

Recordemos que la modernidad fue una época de avance y esperanza. Me refiero a la etapa entre los siglos XV y XVIII en que las bases de la democracia y los derechos humanos como los entendemos hoy se comenzaron a asentar. René Descartes inventó el plano cartesiano, Newton propuso leyes de la física con las que se le dio sentido al universo. De este modo, el método científico se constituyó y sus resultados fueron evidencia de su eficacia.

La confianza en la razón no quedó en la modernidad. El político Robert Lowe, a mediados del siglo XIX, propuso que a las organizaciones públicas se les financiara en función de su desempeño, lo que derivó en una búsqueda de criterios objetivos, neutrales, transparentes, que permitieran evaluar los resultados de los organismos estatales. Después, a principios del siglo pasado, el ingeniero Frederick Taylor, bajo el término de “administración científica”, transformó los métodos de producción, buscando mejorar la eficiencia y productividad de las organizaciones a través del método científico y otros mecanismos planificados y monitoreados. De este modo, por la herencia histórica y filosófica que hemos recibido, no parece muy raro ver que actualmente las escuelas están llenas de pruebas estandarizadas que buscan medir el desempeño del alumno. 

Tampoco que organismos internacionales hayan construido métricas a través de las cuales se evalúa la calidad de universidades y centros de salud.

Créditos: Shutterstock

El explotador y el explotado

El análisis de Muller hace especial sentido en el ámbito político y laboral, pero deja de lado el área personal. En otras palabras, nos enfocamos mucho en los números de los políticos, porque queremos una rendición de cuentas objetiva y transparente, pero, seamos sinceros, ¿a quién le importa nuestra racha de Duolingo? ¿A quién hemos de rendir cuentas sobre la cantidad de likes que tienen nuestras fotos? Si no es a nadie, ¿por qué nos importa tanto?

Primera respuesta: porque somos hijos de nuestra época. Escapar a una estructura social de pensamiento que se ha construido sobre los cimientos de la productividad, el desempeño y la racionalidad, no es sencillo. Es difícil percatarse de los supuestos que sustentan muchas de las ideas asumidas socialmente. Suponemos que los números son confiables y neutrales porque así nos lo han enseñado constantemente, pero ¿qué tan seguido dudamos de esto? En el mejor de los casos, ¿qué tan fácil es cuestionar absolutamente todo lo que aprendemos? Segunda respuesta: porque si bien no hay nadie detrás de nosotros a quien debamos rendirle cuentas sobre nuestros resultados, la verdad es que no lo necesitamos para buscar ser productivos por nosotros mismos. 

Esto suena a lo que el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”. De acuerdo con Han, hemos pasado de una sociedad de la disciplina a una del rendimiento. La primera se basa en la coacción y el “no puedes”, mientras que la segunda, se basa en la libertad y el “eres capaz de”. Piensa en lo que te decían en la primaria: No puedes levantarte de tu lugar, no puedes platicar, no puedes comer en clase. No “El explotador es el mismo que el explotado”. obstante, crecemos y, poco a poco, necesitamos menos de esos “no puedes”, porque ya actuamos del modo que se espera de nosotros. Cuando llegamos a la universidad, por ejemplo, nos dicen que somos “capaces”: de alcanzar el reconocimiento Suma Cum Laude, de ser el mejor alumno de la generación, de realizar una doble titulación y trabajar al mismo tiempo, de obtener la mejor experiencia laboral. Nosotros nos apropiamos de esa narrativa. 

De esta manera, buscamos ser productivos constantemente sin la necesidad de un externo que nos obligue a hacerlo. En palabras de Han: “El sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación”. Cierra su frase con un arrebatador: “el explotador es el mismo que el explotado”.

Métricas que distorsionan el tesoro

Finalicemos con otra situación hipotética. Supongamos que te propones leer más en el año. Para alcanzar tu meta, vas llevando la cuenta de tus libros leídos. A modo de motivación, cada que terminas una novela, por ejemplo, te das un “gustito” (compras algo que te agrade o haces alguna actividad que disfrutes especialmente).

Como encontrar tiempo para leer es difícil considerando el trabajo que tienes, buscas ser eficiente. Destinas 30 minutos para la lectura y sabes que si logras avanzar 25 páginas de un libro cada día, llegarás a tu meta en el año. A veces estás tan cansado que es difícil concentrarte y entender lo que dice el texto, pero como sabes que solo tienes que enfocarte en alcanzar tu “cuota diaria”, logras leer tus 25 páginas diariamente aun sabiendo que hubo varias que no entendiste bien.

Como, según tus cálculos, necesitas alcanzar una cierta cantidad de libros por mes, escoges lecturas que no tengan muchas páginas y que contengan bastantes imágenes. Al final del año lo has conseguido, felicidades. ¿Ves el problema que hay aquí? La fijación de las métricas es que su discurso parte de ideas erróneas. No, no necesariamente hay una relación entre medición y mejora, porque, en muchas ocasiones, las métricas no reflejan la realidad. No, los indicadores de desempeño no son neutrales, puesto que son establecidos y alcanzados por seres humanos, por lo que pueden ser manipulados. No, no todo lo que medimos representa lo que queremos saber, ya que hay mucha riqueza en la experiencia cualitativa, en el contexto y en las circunstancias, que los números no alcanzan a ver.

Esto no es una protesta para dejar de usar estadísticas, cifras, números, indicadores, etc. No te estoy pidiendo que te salgas de la escuela ni que rompas tu racha de Duolingo; ni siquiera te estoy pidiendo que desinstales redes sociales (aunque esto último tal vez deberías considerarlo). Los números reflejan algunos aspectos de la realidad y son importantes usarlos correctamente como herramientas en distintos ámbitos y circunstancias; los problemas surgen cuando nos obsesionamos con ellos al punto de tener una fijación en las métricas que mutila la riqueza que hay en las distintas dimensiones de la realidad.

Más bien es una especie de invitación a que, de vez en cuando, nos aproximemos con actitud crítica y filosófica a esa obsesión que tenemos por medir cada aspecto de nuestra vida, sea personal, social o política.

El que evalúa y el evaluado son el mismo en la sociedad del rendimiento.

Créditos: Shutterstock