Pintar el miedo

Por: Elisa Téllez, Directora del Centro de las Artes UDEM

De niños nuestra imaginación se encargaba de llenar los espacios vacíos y crear escenarios visuales para darle sentido a cosas extrañas. Una sombra en la pared se convertía en una figura amenazante, y debajo de nuestra cama podían esconderse toda clase de criaturas, todo esto conectado con el miedo, que se traducía en las imágenes que construía nuestra imaginación.

Desde tiempos antiguos, los seres humanos hemos creado imágenes para representar aquello que escapa a nuestra comprensión, incluido el miedo. Esta emoción es, al mismo tiempo, un mecanismo de supervivencia que surge ante una amenaza real o imaginaria. El arte entra en acción al convertir esta experiencia en una imagen visible, sin embargo, también puede hacernos sentir incomodidad, tensión o aflicción cuando se sugiere a través de una atmósfera, deformación, silencio, espacio fragmentado, presencia, etc., todo esto sin evidenciar la amenaza.

Cada época construye sus propios temores y encuentra también sus propias vías de interpretarlos. Por eso las representaciones del miedo también cambian: alguna vez fueron los demonios, el infierno y los seres amenazantes; después apareció la guerra, la enfermedad, la muerte, la preocupación o la condición humana. Las imágenes del horror también han servido para reflejar vivencias difíciles de enfrentar; diversos artistas han recurrido a lo grotesco, lo chocante o lo perturbador para hablar de problemas sociales, políticos o conflictos individuales.

El artista Francisco Goya creó monstruos, pesadillas y escenas trágicas. En algunas de sus obras aparecen personajes simbólicos pero en la serie de grabados Los desastres de la guerra (1810-1815) la violencia se hace más concreta: aparece en los cuerpos, las heridas y el sufrimiento humano.

El pintor Edvard Munch, precursor del expresionismo, encontró otra manera de exponer el miedo. En la obra El grito (1895) observamos una figura atrapada en un estado de zozobra que parece fusionarse con el paisaje. No hay un peligro visible, es más bien una sensación que invade al personaje y transforma lo que está a su alrededor.

En Dances Caused by Fear (1938), Paul Klee, cuya obra se movía entre el expresionismo, el surrealismo y la abstracción, transforma el pánico en movimiento. Las figuras esquemáticas aparecen dentro de una danza inquietante que produce  agitación, vulnerabilidad e inestabilidad, como si el miedo fuera una especie de energía que atraviesa los cuerpos.

El  miedo también puede surgir de aquello que no necesita ser imaginado. Otto Dix, artista alemán que vivió y combatió durante la Primera Guerra Mundial, mostró algunas de las consecuencias más crudas de la violencia y lo más sublime de la naturaleza humana. Su mirada fue capaz de revelar lo que otros no querían ver, como los conflictos bélicos o la desigualdad social, con escenas dramáticas, cuerpos destrozados, hombres mutilados, paisajes desconcertantes, mostrando la capacidad humana para destruir y el impacto que la guerra deja en quienes la viven.

Si Dix toma la brutalidad de lo vivido, la escultora francesa Louise Bourgeois lo convierte en un tema personal. El sufrimiento, el dolor, la inseguridad, el abandono y la pérdida traspasan a su producción artística. La artista convirtió estos sentimientos en el punto de partida de esculturas, instalaciones y dibujos que funcionan como un archivo de aquello que la inquietaba, como la instalación Fears (1992).

Otro ejemplo es Francis Bacon, quien lo transmite con una dimensión todavía más corporal y existencial. Sus figuras perturbadas, encerradas en espacios confusos y creadas con los rostros desdibujados o con la boca abierta en una especie de grito, parecen revelar un estado de desesperación que no necesita de una amenaza visible. El cuerpo se convierte en el elemento en que se manifiesta el tormento, y la deformación funciona para mostrar lo que difícilmente puede expresarse mediante una representación tradicional.

Estos artistas le dan forma al miedo convirtiéndolo en distorsión, silencio, simbolismo, movimiento o tensión. A través del arte este sentimiento se convierte en algo que podemos observar y confrontar para acercarnos a nuestros propios temores.

Como señala Mario Alonso Puig en una publicación compartida en sus redes sociales: “El miedo, lejos de ser un enemigo, es una brújula que nos señala el camino hacia el crecimiento porque nos indica que estamos ante lo desconocido, fuera de nuestra zona de confort. La clave no es evitarlo, sino reconocerlo, aceptarlo y dar un primer paso, aunque sea pequeño. No se trata de enfrentarlo todo de golpe, sino de avanzar poco a poco, porque en ese avance el miedo pierde su poder y se transforma en una oportunidad” (2025). 

El arte no desaparece lo que nos provoca angustia ni resuelve lo que escapa a nuestra comprensión, pero puede convertir el miedo en una imagen que nos permita acercarnos a lo que nos inquieta. Como dice esta frase que se atribuye a Edvard Munch: “El arte nace de la necesidad de expresar los tormentos y angustias internas que las palabras no alcanzan a confesar.” Por eso no deberíamos temer en acercarnos a este tipo de obras aunque nos saquen de nuestro centro.  Contemplar implica estar dispuestos a encontrarnos con aquello que nos inquieta y, quizá, también con algo de nosotros mismos. Y desde ahí, podemos encontrar otra forma de mirar, porque mirar al miedo de frente es una forma de comenzar a comprenderlo.