
El impacto social del arte
Por: Elisa Téllez, directora del Centro de las Artes UDEM
Hace cerca de un año escribí un artículo sobre el arte como resistencia en el que reflexionamos sobre artistas que utilizan su obra para denunciar injusticias, cuestionar aspectos de la vida cotidiana, dar visibilidad a realidades que suelen pasar desapercibidas o imaginar otras formas de entender el mundo. Al final de aquel texto, retomé una frase del artista francés JR: “El arte puede cambiar la forma en que vemos el mundo”.
Esta idea la podemos conectar con una afirmación que escuchamos con frecuencia: “el arte puede contribuir al impacto social”. La encontramos en programas culturales, exposiciones, planes de mediación y discursos sobre su papel en la sociedad, pero ¿qué queremos decir cuando lo declaramos?
¿Significa que una creación provoca una emoción? ¿Que cambia nuestra manera de pensar? ¿Que pone un tema en evidencia? ¿Que genera conversación? ¿Que reúne a una comunidad? ¿Que transforma un espacio? ¿O que produce un cambio concreto en la vida de las personas?
En términos generales, hablamos de impacto social cuando un proyecto, una acción o una institución produce alguna influencia positiva en la sociedad, ya sea de manera directa o indirecta. Pero cuando hablamos de arte, su medición es más compleja, porque no todos sus efectos son inmediatos ni pueden medirse en cifras.
En ocasiones, su impacto comienza con algo tan sencillo como hacer visibles las condiciones de vida de otros. Un ejemplo es el trabajo del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, quien en Éxodos documentó durante varios años los desplazamientos humanos, la migración y la vida de refugiados en distintas latitudes. De esta serie surgió una selección de imágenes de los niños, que posteriormente se reunió en una publicación centrada en sus vivencias. En ellas se muestran momentos de dolor y vulnerabilidad, pero también de dignidad, fortaleza y esperanza. Estas fotografías nos permiten reconocer circunstancias que pueden parecernos lejanas y despertar empatía hacia quienes las viven.
Salgado lo expresó con claridad: “Lo que quiero es crear una discusión sobre lo que está sucediendo en todo el mundo y provocar un debate con estas imágenes”. Su intención no era que el espectador se detuviera únicamente ante la calidad estética, sino que mirara más allá y se interesara en los protagonistas.



Las diversas manifestaciones artísticas también pueden influir en nuestra manera de profundizar en temas de la actualidad. Un ejemplo es Ice Watch, de Olafur Eliasson, quien trasladó grandes bloques de hielo provenientes de Groenlandia a escenarios urbanos de Copenhague (2014), París (2015) y Londres (2018-2019). Al sacar el hielo de su contexto natural y colocarlo en medio de estas ciudades, la obra hizo tangible un fenómeno que suele percibirse como lejano. El espectador podía acercarse a los bloques, tocarlos y observar cómo se derretían, convirtiendo la crisis climática en una experiencia física y emocional.
En otros casos, una obra nos confronta con acontecimientos, ideas y problemas que forman parte de nuestra historia y nos invita a reconsiderarlos desde el presente.
¿Quién no conoce Guernica de Pablo Picasso? Realizada en respuesta al bombardeo de la ciudad española durante la Guerra Civil, la pintura se convirtió en una de las imágenes más emblemáticas sobre los horrores de la guerra. Su fuerza no reside únicamente en ilustrar un hecho histórico, sino en confrontarnos con el sufrimiento del ser humano y las consecuencias, como la devastación humana, económica, social y ambiental.
Pero el impacto también puede ir más allá de la percepción individual, cuando se desarrolla en diversos núcleos sociales y abre posibilidades para la construcción colectiva.
El artista JR presenta, en Inside Out Project, una iniciativa que despliega retratos fotográficos de gran formato en sitios públicos para dar visibilidad a las historias de las personas retratadas. Al mostrarlos de esta manera, el espectador se convierte en alguien que también puede involucrarse.

Pero hay otros casos en los que el arte puede propiciar transformaciones concretas, como sumar a la recuperación de entornos, favorecer oportunidades formativas, fortalecer la identidad de los habitantes o incluso dar lugar a una nueva infraestructura.
La artista cubana Tania Bruguera, entre 2002 y 2009, llevó a cabo Cátedra Arte de Conducto. Concebida como una escuela, pero a la vez como una intervención artística, estableció un centro de formación y discusión en torno a prácticas creativas ligadas con problemáticas de su contexto que implicaba a la ciudadanía. A través de talleres y encuentros con profesionales de distintas disciplinas, se convirtió en un lugar para aprender, cuestionar y relacionarse.
Bruguera resumió esta conceptualización en una pregunta: “¿En vez de meter otros mundos en el arte, por qué no meter el arte en el mundo?” Con ello podemos reconocer que su alcance se expresa en los conocimientos que estimula, las relaciones que construye y el público que involucra.
Algo similar se gestó con Project Row Houses en 1993 en Third Ward, un barrio históricamente afroamericano de Houston, Texas, cuando siete artistas impulsaron el rescate de veintidós casas abandonadas para convertirlas en plataformas de experimentación y participación comunitaria, y así llevar la práctica artística más allá de los espacios tradicionales y vincularla con la reconstrucción. A través de exhibiciones, residencias y programas sociales dirigidos a madres jóvenes, emprendedores y habitantes del barrio, Project Row Houses articuló el arte con la preservación del patrimonio, el fortalecimiento de la identidad cultural y la generación de oportunidades.
Si hace un año hablábamos del arte como resistencia, hoy podemos ampliar esa idea y reconocer sus distintas formas de incidir en la sociedad. Su contribución puede comenzar cuando una obra nos acerca a una realidad que nos era ajena o nos lleva a hacernos preguntas, y extenderse al diálogo, la colaboración y la construcción de vínculos. En determinadas situaciones, también puede generar cambios concretos, como la reactivación de un entorno, el desarrollo de apoyos formativos o el fortalecimiento de una comunidad.
Y quizás ahí comienza nuestra responsabilidad como espectadores. Porque el arte puede suscitar una inquietud, una reacción o una conversación, pero lo que hacemos con aquello que nos provoca también forma parte de su impacto.

