
Qué fomo no entender
Por: Catalina Muñiz, Redactora Institucional
En los últimos años, la forma de comunicarnos ha cambiado drásticamente. No solo los medios que utilizamos han evolucionado, sino también la forma en que hacemos llegar los mensajes y la manera en que los construimos.
Vayámonos alrededor de veinte años atrás, cuando el uso de Windows Live Messenger se intensificó permitiendo la comunicación instantánea. No solo podías chatear con amigos y familiares con rapidez, sino que también con personas de cualquier lado del mundo, consiguiendo así la creación de comunidades virtuales. A través del intercambio de mensajes vía Messenger y posteriormente a través de otras plataformas como Facebook, X (anteriormente Twitter), Instagram, Snapchat, Whatsapp, etc., los usuarios encontraron a personas con intereses similares, intensificando la creación de grupos diversos que descubrieron nuevas formas de comunicación a través de la adaptación del lenguaje en diferentes formatos.
Estos grupos de personas poco a poco comenzaron a transformarse también, pues las dinámicas acorde a sus intereses personales han sufrido igualmente las consecuencias de los avances tecnológicos, además de que entre grupos hay divisiones guiadas por intereses particulares. Ahora no solo se trata de encontrar a personas a quienes les guste la misma serie, película, banda o personaje que a ti, sino también de los hobbies que practican y cómo estos se ligan con ese gusto particular por algo o alguien.

Formar o sentirse parte de estos grupos ha llevado a la creación de subculturas en el mundo digital, pero también, nuevas formas de comunicarse. Cada nicho pareciera tener un tipo de lenguaje específico, referentes particulares y hasta símbolos y significados propios. Esto dentro del internet se ha transformado en algo mucho más grande, tanto que a veces es complicado seguir la pista incluso para las personas que ya forman parte de estas comunidades. Pasar cinco minutos fuera de las redes implica perder información valiosa para comprender lo que está sucediendo en el resto del mundo, pero sobre todo, en las comunidades a las que perteneces. Esto ha creado en los usuarios una necesidad de pertenecer que a grandes rasgos no es más que el querer estar siempre al tanto de lo que sucede a nuestro alrededor para evitar el sentimiento de alejamiento o el famoso “fomo” (fear of missing out).
En una época donde las tendencias cambian minuto a minuto es muy fácil sentirse apartado de los sucesos, principalmente si no eres una persona que vive de manera crónica en el internet. Cada minuto aparece un nuevo video, una nueva palabra, algo que consigue atraer la atención de masas y que, con la suerte necesaria, se transforma en una manera de darle significado a algo. Después, diversos grupos se apropian de esta tendencia y le dan usos particulares dependiendo de sus intereses. Es ahí donde aparece uno de los fenómenos más interesantes de la cultura digital: el meme. Lo que comenzó como una forma sencilla de compartir imágenes, frases o situaciones humorísticas, con el tiempo ha evolucionado en una herramienta de comunicación capaz de transmitir ideas, emociones y experiencias.

Un meme puede decir mucho sin necesidad de explicar demasiado. Su significado no suele estar en la imagen o texto que lo acompaña, sino en los referentes que tiene. Para entender un meme es necesario conocer el famosísimo contexto, ser consciente de dónde viene o conocer al grupo que lo comparte. De esta manera, los memes funcionan como una especie de código: quienes los entienden, reconocen inmediatamente aquello que otros podrían pasar por alto. Pero, además de comunicar, los memes también hablan de nosotros. Tenemos la libertad de elegir lo que compartimos, lo que nos causa gracia o relacionarlo con situaciones que nos identifican, permitiéndonos construir una identidad en línea. De la misma forma en que alguna vez elegíamos la canción que queríamos colocar en nuestro perfil de Messenger o las fotografías que publicábamos en Facebook, hoy seleccionamos memes, videos y referencias que funcionan como pequeñas piezas de nuestra personalidad digital y las compartimos con las personas que sabemos entenderán de lo que estamos hablando.
En este sentido, nuestra identidad en internet no está construida únicamente a partir de aquello que decimos de manera explícita. También se encuentra en lo que compartimos, en las comunidades que seguimos, las palabras que utilizamos y las referencias que reconocemos. Cada publicación puede convertirse en una pequeña declaración sobre nuestros intereses o el tipo de personas con quienes queremos interactuar en las redes. Por eso, aunque muchas veces pensamos en los memes como algo pasajero, su importancia dentro de la cultura digital va mucho más allá del entretenimiento. Se han convertido en parte importante de la manera en que nos comunicamos.

Quizás esta sea una de las características de nuestra generación y de las que ya están transformando las comunidades digitales. No es difícil darse cuenta de que poco a poco se ha ido rompiendo incluso la barrera del lenguaje, ahora basta con reconocer una imagen, entender una referencia o compartir el significado que una comunidad le ha dado a determinado contenido, pero también es importante considerar la rapidez con la que estos significados cambian. Muchas veces permanecen, pero hay otras en las que van adaptándose conforme las comunidades lo necesitan. Lo que creo que puede ser permanente, o al menos un poco más duradero, es el sentido de pertenencia, pues al final estas imágenes, frases o palabras responden a este deseo de formar parte de algo y encontrar a personas que “entiendan la referencia”.

